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Pascua, la última Palabra

Estamos culminando las celebraciones de la Semana Santa. Hace siete días conmemoramos la entrada de Jesús en Jerusalén, y lo aclamamos con cantos de alabanza. Lo vimos servidor lavando los pies a los discípulos, crucificado por medio de un juicio fraudulento, y ahora glorioso para siempre. ¡Resucitó Jesucristo!

Nos hizo mucho bien seguir algunas imágenes de las celebraciones presididas por el Papa Francisco. Sus palabras, sus gestos nos conmueven y emocionan. Nos acercan más a Jesús.

 

 

 

La Pascua nos enseña que ni el mal ni la muerte son la conclusión de la historia humana. Por más desastres y sufrimientos, por más injusticia y violencia, sabemos que eso no es lo definitivo.

Ni la muerte o el mal son el destino último de la humanidad. En el horizonte no nos espera el terror o el sinsentido.

“Nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2 Pe 3, 13).

San Pablo nos dice que “la esperanza no quedará defraudada porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

La Pascua es fiesta por la resurrección de Cristo, que ahora vive para siempre. Pero también nos hace mirarnos a nosotros llamados a una vida nueva. Un himno que rezamos en este tiempo dice: “La Pascua de Cristo es Pascua por mí”. Por medio del Bautismo somos hechos hijos de Dios, y el Espíritu Santo viven en nosotros.

Somos discípulos de Cristo Vivo. No nos reunimos para evocar un difunto que fue muy bueno, sino en torno a Cristo que está vivo y camina con nosotros todos los días.

La Pascua nos devuelve la confianza en nuestra vocación de eternidad y plenitud. El Papa Benedicto XVI en su Encíclica sobre la esperanza nos decía que no vemos la eternidad como “un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo —el antes y el después— ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”. (SpS 12)

Y este mensaje no queda encerrado en los Templos o la intimidad del corazón, sino que está destinado a expandirse como Buena Noticia para toda la humanidad; es más, para toda la creación que “aguarda la manifestación gloriosa de los hijos de Dios” (Rm 8,19).

Por eso nuestros sueños de justicia y de paz no son ilusiones vanas; los anhelos de libertad y solidaridad no son utopías inalcanzables. Jesucristo nos da la fuerza de la vida nueva.

La última Palabra será la misma que la primera: Amor.

¡Feliz Pascua!

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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