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Reducir la imputabilidad: Apenas una solución a medias

Desde hace un tiempo a esta parte, frente a la creciente participación de menores en la comisión de delitos, se viene imponiendo en la sociedad la idea de que es necesaria y urgente una reducción de la edad de imputabilidad hasta los 14 años. Esta medida, sin ser acompañada de otras tan importantes como esa, no solo es insuficiente, sino que no alcanzará nunca el resultado pretendido, y solo llenará las cárceles para hacer mejores delincuentes a quienes de ellas egresen.

Por estos días, en respuesta a la creciente presencia de menores de edad en la comisión de todo tipo de delitos, el Ministro de Justicia de la Nación, Dr. Mariano Cúneo Libarona, anunció que impulsará un proyecto de ley para bajar la edad de imputabilidad a los 14 años. Al hacerlo, encendió una luz de esperanza. “Un chico de esa edad merece atención, no importa cuál sea el delito”, manifestó el Ministro, y al decir “atención”, y no “castigo”, dejó entrever que entiende que éstos aún son rescatables.

Igualmente, esta medida no resuelve el origen del problema: el ingreso de los menores vulnerables al consumo de drogas y su inmediato alistamiento en el delito. De ese modo, independientemente de las condenas que se logren, cada día habrá nuevos niños delincuentes.

En otras palabras, una mayor internación de menores en el sistema carcelario actual no contribuirá a una reducción real del delito, sino que, al quedar libres, la cárcel habrá consolidado su desvío y los habrá condenado al delito de por vida. En síntesis, el delito no se resuelve con más presos, sino con menos menores en la droga.

Por lo tanto, previo a una medida de este tenor, incluso antes de contar con un servicio penitenciario adecuado al rescate de estos menores, es preciso atacar el consumo de drogas, principal, sino única, puerta de ingreso al delito.

Siendo la droga el casi exclusivo argumento de ingreso de menores al delito, y como ese flagelo no se resuelve atacando la oferta, sino atacando la demanda, es necesaria y urgente una presencia del Estado más activa en los territorios vulnerables, al lado de las familias en riesgo.

Desde hace mucho tiempo la política cuenta con su natural elocuencia los esfuerzos que hace en la lucha contra el narcotráfico, cuando eso de nada sirve si no lucha contra el consumo de droga y, en particular, contra el ingreso al consumo de niños de 8 y 9 años en adelante.

Pasa que, por regla natural, la demanda siempre se impone a la oferta, y cada vez que un traficante cae o un kiosco se cierra, en media hora al traficante lo reemplaza otro y otro kiosco abre sus puertas cerca de donde estaba el anterior. Hasta dicen que eso es preferible, ya que podría ser grave una masa delictiva en estado de abstinencia.

Por lo tanto, para atacar el consumo es preciso destinar una presencia activa del Estado a los territorios vulnerables para resolver los problemas sociales de base: Hacinamiento, expulsión del hogar y deserción escolar, entre muchos otros, problemas derivados de la pobreza que llevan a los menores a la esquina del barrio, donde rápidamente son convertidos en adictos y, al rato, convertidos en delincuentes para financiar su adicción. Solo atacando los orígenes del problema se puede reducir la demanda, y así el delito.

Esta estrategia social puede ser apuntalada con una ley que reduzca la imputabilidad, de modo de incluir a los menores en crisis en un sistema donde sean sometidos a un proceso de rehabilitación y readaptación social. Claro está que estos espacios, y la internación en los mismos, deben ser diseñados específicamente según las necesidades de esos menores, ya que el sistema actual solo serviría para perfeccionarlos como delincuentes, sin darle solución a sus realidades.

Solo atacando los problemas de base en el territorio, continuando con la lucha contra el narcotráfico y el narcomenudeo, reduciendo la edad de imputabilidad, y creando establecimientos adecuados para su rehabilitación y readaptación, se podrán recuperar esos menores, y, así, se logrará reducir su participación en los delitos.

Caso contrario, todo seguirá igual, y, en un par de décadas, la sociedad descubrirá que sus nuevas generaciones no solo han sido diezmadas en cantidad, sino también en calidad, en términos de educación, de salud, y, en particular, de producción, afectando sensiblemente el PBI.

Norman Robson para Gualeguay21

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