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Robo, narcomenudeo y prostitución: El origen de la perversión infantil

Cada tanto, y cada vez con más frecuencia, la sociedad se horroriza por cruentos crímenes perpetrados por menores, o por jóvenes que no hace mucho dejaron de serlo. Ante estas noticias, todos nos rasgamos las vestiduras por el “camino elegido” por esos chicos y, rápidamente, nos preguntamos sobre dónde están sus padres. Sin dudas, esto debe ayudarnos a eludir o negar una realidad que nos está llevando puestos como sociedad: la situación de miles de gurises vulnerables que, presos de la pobreza, la exclusión y las adicciones, se pervierten por la droga.

Gualeguay es una ciudad mediana de Entre Ríos, con casi 50 mil habitantes, y algo más posterdada que la media provincial. Seguramente, esa última característica causa algo más de pobreza que otros. Por ejemplo, según el Indec, en el último semestre, en nuestro país, un 36,5 porciento de la población es pobre. Traspolando este número, estamos hablando de que, en Gualeguay, por lo menos, unas 18 mil personas son pobres. De éstas, por proporción, más de 4 mil son menores. Dicho de otro modo, en esta ciudad, unos 2 mil menores de entre 9 y 18 años están en situación de vulnerabilidad. Un poco más si sumamos los adolescentes de entre 18 y 22 años.

Estos números son coherentes con lo que se observa de noche recorriendo los barrios de la periferia y dentro del casco de Gualeguay, donde abundan las esquinas como puntos de encuentro de gurises consumiendo alcohol y alguna sustancia. Esto, si bien no nos permite conocer un número exacto, sí nos permite sospechar que estamos hablando de muchos niños y adolescentes pobres, todos rehenes de las adicciones.

Ahora bien, cualquier gurí de estos muchos, para acceder a la droga, debe contar, por ejemplo, con unos 200 o 300 pesos para fumarse un porro, o entre 500 y mil pesos para ingerir algo de cocaína, salvo que quiera descerebrarse inhalando poxiran a un costo no mucho menor. De acuerdo a estos valores, un adicto gualeyo necesita, por lo menos, unos mil pesos diarios, unos 30 mil mensuales, para satisfacer su demanda adictiva. Y los necesita, no puede esperar hasta mañana.

¿Cómo hace, entonces, un niño o adolescente de una familia pobre, generalmente expulsado de su hogar numeroso hacia la calle, excluido por si mismo del sistema escolar, y excluido por ley del mercado laboral, para costear su adicción?

Para responder esto, veamos, primero, cuál es su realidad. Generalmente, aquellos gurises pobres que enfrentan esta condición, apenas aparecen por alguna de esas esquinas que son punto de encuentro, son rápidamente captados y alistados por las mafias delictivas, o bandas, que operan en cada sector de la periferia, del Rocamora, y del Pancho Ramírez. Estos grupos, generalmente, están dedicados al narcomenudeo, a reducir lo robado, y a todo tipo de actividades ilícitas. 

De este modo, la primera alternativa que tiene cualquiera de éstos muchos gurises para calmar su adicción es salir a robar o a hurtar para vender lo obtenido y comprar droga. En un principio, comienzan en sus propios hogares, hasta que, luego, se asocian con otros, todos unidos por la necesidad, y salen en busca de oportunidades de robo. Comienzan con garrafas, envases y bicicletas, y luego van incorporando entraderas, motos y otros.

La otra alternativa que tienen  es ser incorporados a la red para distribuir droga al minoreo y cobrar por ello una comisión que les permita comprar su droga. Pero, para esto, un gurí debe permanecer un buen tiempo al servicio de la banda, ganándose la confianza y demostrando su pertenencia. Claro está que ser incorporado como “soldadito”, o “mulita”, a la red significa, para cualquiera de estos gurises, un premio, un logro, un sueño cumplido.

Por último, una última alternativa que tienen éstos tantos gurises para comprarse la droga es la prostitución, tal vez mucho más convencional para las niñas, pero que también existe para los niños, prestándose a las perversiones tanto de pedófilos como de homosexuales adultos mayores. En cualquiera de estas variantes, sea niña o niño, se está frente al delito de corrupción de menores o de abuso sexual infantil, el cual es penado seriamente por la ley.

De este modo, esos son los caminos que tienen para elegir muchos de esos gurises de nuestros sectores más vulnerables. Sin querer, o saberlo, caen en las fauces de la droga, y, a partir de allí, están obligados a elegir entre el robo, el narcomenudeo y la prostitución. Por eso, cuando sale a la luz un crimen a manos de menores, más allá de la crueldad y saña de estos hechos, debemos recordar qué vida tienen esos niños y niñas, y qué respeto pueden tener cualquiera de ellos por su propia vida o la ajena. 

Esta es la realidad que nos lleva puesto frente a nuestros ojos, y que, hasta ahora, no ha sido enfrentada políticamente por nadie, sino que crece y crece libremente, comprometiendo seriamente el futuro de nuestra sociedad.

Norman Robson para Gualeguay21

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