Ser ofrenda

La manifestación concreta de la ofrenda luego puede adquirir muchas formas -tiempo, dinero, un objeto, una idea, un aporte-, pero la clave está en traducir esa virtud en algo palpable; sin confundir, desde luego, esa virtud en su encarnación.
Aunque sí cabe subrayar que sin esa manifestación no existe la virtud. Quiero ofrendar todo, pero por el momento no puedo…
¿Cuántas veces escuchamos argumentos similares? Pues bien, frente a un panorama semejante, la ofrenda, -lamentablemente- no existe.
Algo, de entre la multitud de posibilidades disponible, debe transformarse en símbolo concreto de esa disposición espiritual para la ofrenda.
En el otro extremo de este razonamiento, un objeto vacío (es decir, sin la disposición del ser que lo da) tampoco forma parte de la dimensión de la ofrenda. Nuestro imperativo será integrarnos con aquello que damos.
Debemos conseguir que el otro perciba que estamos presentes en nuestra ofrenda. Si damos un abrazo, una palabra, una escucha, debemos dejar traslucir nuestro ser y nuestro espíritu en ese acto. Separarnos de la acción es cancelar la ofrenda. Debemos ser la acción.
Si conseguimos hacernos presentes en el otro, habremos realizado una acción de bondad y de justicia. Y a esos bienes apelamos. Porque somos buenos cuando nos ofrendamos. Y esa justicia que pregonamos, también tenemos que materializarla en actos.
Partir nuestro pan en ofrenda, por ejemplo, es una acto de justicia. Ya que por medio de esas acciones, podemos elevarnos por encima de la posesión circunstancial y superar la mera transacción.
Rabino Sergio Bergman

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