Tibia primera noche de carnaval

El horario de inicio era a las 22:30 horas, pero la organización lo demoró más de media hora a la espera de que llegara más gente, aún cuando los ingresos estaban vacíos. Claro. Aquellos gurises que solían inundar la pista entre comparsa y comparsa, esta vez, prefirieron quedarse en casa. Esos grupos de fans de una y otra comparsa, esta vez, eligieron preservarse. Esos amigos y amigas en los que aún sobrevivía la angustia o la tristeza, optaron por algo más tranqui. Sea cual fuera el caso, las entradas que tanto decían haberse vendido no se habían vendido y los presentes fueron ocupando tibiamente las ubicaciones centrales. 

Ahora bien, la noche estaba jugada, y así lo entendieron los espectadores que sí apostaron al carnaval, quienes se dedicaron a la fiesta sin escatimar alegría. Pero la fiesta no era la misma, ya que, más allá del ritmo y el color que imponen las comparsas, aquello que levanta su espíritu, y la distingue de cualquier otra, es el calor humano y la espuma, ambos ausentes. Ausentes con aviso.

La organización, entre sus muchos titubeos en los meses previos, temerosa de cargar con algún costo político, y no de dañar la fiesta, aprovechó su Comité de Crisis, entidad sin autoridad alguna, ni intelectual, ni jurídica, y las apreciaciones del Director del Hospital San Antonio, también temeroso de.lo político, para prohibir la espuma en los Corsos. De ese modo, de forma absolutamente liviana y apresurada, sin argumentos sólidos, se privó al carnaval gualeyo de su principal atractivo.

Cabe recordar que las “explicaciones” oficiales para no permitir la espuma versaban sobre que, al mojarse los barbijos, facilitarían la propagación del virus. Lo curioso fue que el barbijo fue el gran ausente en la noche del sábado, solo presente en muy contados casos. Esto fue gracias a que nadie controló su uso, ni ninguna otra medida preventiva.

Sin ahondar en cuestiones puramente técnicas y sanitarias, se puede concluir que, en las noches del corsódromo, el virus que tanto nos ocupa y preocupa como sociedad no necesita de la espuma para propagarse entre los presentes. Ese fue el primer desacierto. Sin la espuma, el carnaval local perdió muchos adeptos.

Por otro lado, la experiencia de los ciudadanos luego de casi dos años de pandemia provoca que la organización, en manos de la Municipalidad, no inspire seguridad alguna, ni en el control de los ingresos (Pase Sanitario), ni en el control de la convivencia durante el espectáculo (burbujas, barbijos, etcétera). Esto provocó que muchos grupos eligieran no ir el sábado, por lo menos hasta ver cómo se desarrollaba la fiesta en sus primeras noches.

Por último, la semana previa al inicio del corso estuvo muy cargada de emociones encontradas a raíz del homicidio de Jesús Fernández en las primeras horas del año, luego, su sepelio, y, por último, la marcha reclamando justicia. Todo esto pesó en el ánimo gualeyo a la hora de decidir su programa para el pasado sábado, motivando a muchos a elegir otros programas.

Ahora bien, frente a toda esta situación, y con el objeto de rescatar nuestra fiesta más importante, la sociedad gualeya espera, o ansía, que la organización se replantee algunas cuestiones, de forma de que la próxima noche sea, por lo menos, más cálida, y que la fiesta más querida de los gualeyos no se pierda del todo.

Norman Robson para Gualeguay21

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