El pasado lunes por la noche, en el barrio Minuan, en las inmediaciones de calles Micaela Quintana y Entre Ríos, hubo tiros, se intercambiaron piedrazos, se vieron corridas, y hasta se gritaron insultos. Se trataba, según fuentes del lugar, de un choque de “intereses” en un sector “caliente” por el narco menudeo, donde “conviven” varios aguantaderos conocidos. Por eso, estas cosas ya son algo “usual y natural” en el barrio, y, aunque tratan siempre de evitar llamar a la Policía, esta vez alguien la llamó y ésta apareció. La grezca se dispersó por el laberinto de calles y pasillos internos, y todo terminó con un par de detenidos.
Al lugar llegaron móviles policiales desde Jefatura, Comisaría Primera e Investigaciones, más algunas motos. Según fuentes de la propia fuerza, los vecinos contaron sobre la bataola y los tiros, y dos sujetos quedaron identificados, los que fueron detenidos más tarde. Tenían 21 y 19 años. Finalmente, todo quedó en una causa por “lesiones y amenazas en flagrancia”.
La otra verdad. Desde hace tiempo, la Policía y la Justicia conocen la realidad de esa parte del barrio, así como conocen los prontuarios de quienes allí viven. También conocen la cantidad de menores que allí están en riesgo, y, también, cuales casas están usurpadas. Tal es así que, luego de intervenir la Policía, no son pocas las denuncias archivadas o cajoneadas, ni han sido pocos los inocentes metidos presos para dejar libres a otros.
Esa es la impunidad que condena a nuestra infantojuventud, esa que crece en esos rincones donde el delito está naturalizado en beneficio de los “vivos” y en perjuicio de los “boludos”.
Norman Robson para Gualeguay21


















