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Vedetismo: La nueva política de seguridad en Gualeguay

Desde principios de enero se percibe en la ciudad un creciente vedetismo por parte de la Policía. Se trata de “una inclinación desmesurada a destacarse y ser centro de atención”, según el diccionario, que parece haber reemplazado la anterior política de prevención. Esto se ve en la calle, pero donde más se puede apreciar es en el Corsódromo local, donde los efectivos han sido enviados a adoptar conductas exageradas en busca de un protagonismo nunca visto.

Esta práctica de llamar la atención sirve para simular presencia y eficiencia, y para disimular falencias, espontáneas o a propósito. Más allá de ésto, y de lo que se puede apreciar en la calle, resulta evidente que la nueva cúpula local ha adoptado una política sensiblemente distinta a la anterior. Mientras antes era la presencia concreta en el territorio para prevenir delitos, hoy lo importante sería parecer más que ser.

Si bien, gracias a Dios, no prosperaron algunas ideas innovadoras, como utilizar redes para los motociclistas que huyen de los operativos, si parece haber prosperado esta política vedetista de llamar la atención de los ciudadanos con escasa presencia. Claro está que, por la concurrencia de gente, y su difusión mediática, el Carnaval es el escenario ideal para despliegues y ostentaciones en ese sentido.

Así ha sido desde aquella primera noche de Corsos, cuando quienes ingresaban al Corsódromo eran palpados y sus pertenencias revisadas, como si fuera el acceso a la popular en un Boca-River. Tal fue la exageración que incautaban pertenencias de forma antojadiza, y hasta prohibían atar las bicicletas en los lugares acostumbrados.

Parece ser que las repercusiones de aquellos abusos obligaron a los jefes a bajar un cambio, por lo menos en su trato con los protagonistas, pero no tanto con el público. Tal es así que su protagonismo ha ido creciendo noche a noche, y, el último sábado, esa tendencia de la fuerza quedó en evidencia. He aquí algunos ejemplos de esta nueva política en seguridad:

•Una conocida señora, que estaba trabajando para una institución al ingreso al Corsódromo, a la vista de los uniformados, quiso pasar hasta el borde del circuito a sacarle una foto a su hija y volver a su puesto, pero le fue rotundamente prohibido por éstos, como si la mujer fuera a cometer un atentado.

•El hermano de una pasista ingresó al circuito para hacer unos pasos con ella y que le sacaran una foto, algo que siempre distingió a ésta fiesta, lo que motivó el rápido ingreso de un uniformado, el cual lo obligó a retirarse como si hubiese cometido un crimen.

•Cuando colocaron una cadena contra el circuito, sin dejar espacio a los que allí siempre trabajamos, hubo que llamar a las autoridades para que corrigieran el problema. Así y todo, para la segunda comparsa, repitieron a drede el error, burlándose de este cronista y hasta incluso utilizando la fuerza.

•Cuando la Intendente Bogdan ingresó al circuito para bailar un chamamé y sumarse a la fiesta junto a una de las bandas, fue acompañada de cerca por una mujer policía, a la cual solo le faltó subirse a la carroza cuando lo hizo la funcionaria.

•En el acceso a la sala de prensa y a las escaleras para subir al palco donde está el funcionariado, siempre hay varios efectivos custodiando vaya uno a saber qué. Hasta en la noche de ayer domingo, en el corso infantil, hubo apostados allí, todo el tiempo, tres efectivos.

Estos son algunos de los muchos ejemplos sobre la presencia y desempeño de la Policía en el Corsódromo.

Si bien esta política de llamar la atención es a la vista inofensiva, si resulta preocupante por dos aspectos centrales: El impacto de esa imagen en el público, en especial, en los turistas, ya que se proyecta una idea de inseguridad que está lejos de ser real; y que la política de parecer se convierta en la política central de la fuerza y se avandone la prevención.

Norman Robson para Gualeguay21

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