En la soledad de la mañana, por un instante la recordó a ella. Pudo ver en su memoria la última imagen de ella junto a sus hijos despidiéndose desde la toldería. La sangre le hirvió al recordar, también, el humo y el olor a sangre con que se había encontrado días después. Había sido la última campaña de los españoles.
Su saca de cuero cimarrón bien sobado, colgando de su mano izquierda, ya tenía suficientes raíces y semillas, mientras su lanza, aún presta a pesar de sus años, descansaba atenta sobre su mano derecha.
Él era el último irreductible, así lo llamaban ellos. Último heredero viviente de los matadores de Garay, de los sobrevivientes del Yi, de la matanza de Frutos allá en su cerro.
Por sus venas todavía corría sangre charrúa. Sangre guerrera.
El sol ya subía rápido y él erraba por la costa de su gran río, solo acompañado de su fauna celebrando la naturaleza con sus gritos de vida.
Repentinamente, algo cambió en el ambiente. Su instinto hizo que apretara fuerte la lanza. Sus sentidos se agudizaron. Su cuerpo se agazapó. Sus pasos se hicieron cautos y silenciosos.
Allá hacia el sur, donde doblaba su gran río, en la margen opuesta, pululaban coloridos sujetos. Eran ellos. Sus ojos se tiñeron de furioso odio.
Rápidamente, con sus menguadas fuerzas, se trepó a un añoso ñandubay y se acomodó para observar. A pesar de sus muchos años su vista estaba intacta.
Eran ellos. Mientras mascaba algunas raíces pudo contarlos. No eran más de ciento cincuenta, todos alborotados en altisonantes debates.
Desde su mirador él pudo observarlo todo, mientras su furioso odio se diluía en la resignación.
Allá en la costa se destacaban los guerreros de acero, todos en incondicional obediencia a su jefe. También se apreciaban dos figuras de largos vestidos marrones en evidente enfrentamiento.
El debate duró lo que duró el día y parte de la noche a la luz de un gran fuego. Él, aún sobre el ñandubay, ya terminadas las raíces, fue encontrando su sueño.
La lejana fogata, el bullicio que le traía la brisa de su gran río, los ruidos y los aromas de la noche costera, y la complicidad de la luna, fueron su cortejo final. Fueron el marco de su despedida.
Así moría el último irreductible, al mismo tiempo que comenzaba a nacer la Villa de San Antonio del Gualeguay Grande.
Al poco tiempo, una nueva creciente vino a bautizar la nueva villa, vino y lo bañó todo, llevándose con ella los restos de aquel viejo guerrero, el último irreductible.
Así puede haber sido la desconocida historia, nunca sabida, jamás contada, de hace unos 232 años y pico, un día cálido como hoy.
Norman Robson

8 septiembre, 2026 1:45 am/
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