El fardo de la drogadicción infantil

La indiferencia de la gestión comunal, junto con la de la policía y de las diferentes agencias provinciales, ha conspirado a favor de este flagelo manteniéndolo afuera de cualquier agenda política.
Si bien los elocuentes discursos escuchados, especialmente en la pasada campaña, han versado sobre lo trágico de este flagelo y sobre los mil vericuetos legales que sostienen su impunidad, ninguno reconoce la gravedad del avance sobre nuestros niños y, cualquier profundización del mismo, desnuda el real desconocimiento sobre el tema.
Tal es así que todas las propuestas instalan la discusión en el tráfico, el cual reconocen que no pueden vencer, y proponen diferentes medidas, todas a plazo.
Ninguno habla de soluciones coyunturales de emergencia que ataquen el consumo, el verdadero talón de Aquiles del flagelo, el cual se puede atacar de inmediato.
O sea, hablar de atacar el narcotráfico es la pantalla que encubre la intención de no lograr resultados y descubre la funcionalidad del poder político para con los narcos.
Lo cierto es que son muy pocos los que conocen cabalmente la realidad de la calle y sus verdaderos protagonistas, menos son los que saben de la problemática infantil, y, de todos, casi ninguno se anima a enfrentar este escalofriante problema, pues no saben cómo enfrentarlo.
De este modo, la realidad de la drogadicción infantil en nuestra ciudad es tan escalofriante como lo es la indiferencia y desinterés de quienes nos llevaron a esta realidad, y la ignorancia voluntarista de quienes serán responsables de salvarnos.
Cuál es la realidad social
En nuestra ciudad, la problemática de la droga se ha disparado considerablemente en los últimos tiempos, y ya no se circunscribe a sus sectores marginales, sino que se ha expandido libremente ante la permisiva ausencia del Estado.
Desde cocaína y marihuana hasta fármacos y poxiran son mercadería caliente en docenas y docenas de “kioscos” diseminados a lo largo y a lo ancho de la ciudad.
De este modo, los “transas” operan fácil y libremente en los barrios más poblados incorporando gurises al consumo de droga y a las filas del delito.
La estigmatización de estos sectores de la ciudad como “impenetrables”, y de sus vecinos como todos delincuentes, facilitó el crecimiento del mercado de adictos, tanto mayores como niños.
Cabe destacar que, en esos barrios, un 95 por ciento de los vecinos no son delincuentes sino que son trabajadores formales e informales de la ciudad forzados a vivir sometidos a grupos de delincuentes que imperan libremente y lideran verdaderos criaderos de futuros delincuentes, hoy adictos de entre 10 y 17 años que solo salen del mismo para cometer ilícitos y que, de sobrevivir, nutrirán las futuras filas de la cadena delictiva.
En respuesta a esta realidad, la policía solo aplica una constante persecución de consumidores sociales, ciudadanos amparados por la ley, y de niños adictos, víctimas, que al ser detenidos, con elocuentes operaciones de prensa, entran por una puerta y salen por la otra, diciéndole a la sociedad que la culpa es de la justicia.
Así es como la sociedad descansa en la creencia de que la policía persigue a los “narcos”, que la Justicia los libera, mientras que el “sistema” ya tiene cautivos a cientos de niños de entre 10 y 18 años y los verdaderos “narcos” desarrollan su actividad con total libertad.
El escenario de la droga
La cocaína y la marihuana llegan a la ciudad de la mano de un par de “importadores”, quienes, amparados en la impunidad del negocio, abastecen a los distintos fraccionadores-cortadores-distribuidores que reparten su “producto” en remises, moto-mandados y particulares.
De forma paralela, conviven con este negocio los mercaderes de pastillas y de poxiran, inescrupulosos personajes que fraccionan esto para vendérselo a nuestros gurises.
Vale remarcar que en el universo del consumo de drogas conviven los cultores de la droga, consumidores sociales, mayores, que no son necesariamente adictos, así como quien bebe alcohol no es alcohólico, y los verdaderos adictos que, normalmente, ya están alistados en la cadena delictiva para sostener su vicio.
La drogadicción infantil
Lamentablemente, desde hace un par de años, la ambición de algunos “transas”, y la permisividad del sistema, han incorporado a la droga a gran cantidad de niños, haciéndolos adictos y alistándolos a las bases delictivas.
Estos gurises son incorporados al vicio y luego utilizados para mandados ilícitos de todo tipo, principalmente vinculados al robo, la trata y, por supuesto, la distribución de droga, aprovechando su impunidad ante la ley.
Este flamante eslabón de la cadena es el que nace en los sectores más populosos bajo la indiferente mirada del Estado y la desesperada impotencia de los vecinos.
Tal es así que estas familias condenadas no solo deben sufrir la estigmatización mediática, sino que, también, deben someterse a la impunidad alevosa de quienes “mandan” en su barrio y, lo peor de todo, no pueden darle una salida al problema de sus hijos.
Como si esto fuera poco, la ignorante sociedad culpa a las cabezas familiares por esta realidad social que viven, y, aprovechando la ocasión, los agentes de Estado (comisarías, defensorías, juzgados y el Copnaf) se excusan de intervenir aludiendo a la falta de recursos.
Prueba suficiente  del desinterés del Estado en estas cuestiones es que en Gualeguay y en su zona de influencia, no solo no hay ningún tipo de servicio de contención, desintoxicación o rehabilitación, sino que ni siquiera hay siquiatras, al punto de que el turno para una consulta con un siquiatra que viene una sola vez por semana al Hospital San Antonio lo dan para dentro de dos meses.
Nociones sobre el impacto
Para cuantificar la problemática de la drogadicción en general y la infantil en particular, y poder diagnosticarla, es preciso relevar el territorio en la noche, donde grupos de menores toman diferentes espacios públicos para beber y consumir drogas de la mano de “caudillos” pocos años mayores.
Una recorrida por la ciudad puede mostrarnos gurises reunidos por docenas en los paredones del Cementerio, en el interior del San Roque, en la plaza Rocamora, en el Molino, en una esquina del Hipódromo, en la placita del Pancho Ramírez, en una esquina del Defensa, dentro de instalaciones abandonadas, frente al kiosco de la cuadra, y en decenas de lugares más.
Fácilmente se pueden enumerar más de 30 “puntos de encuentro” donde docenas de gurises se concentran cada noche, estimándose más de mil niños involucrados.
Este millar de niños, dentro de una década, serán un millar de discapacitados sociales, un cuatro por ciento de la franja activa, y, de no mediar acciones inmediatas, la cifra se potenciará en poco tiempo alcanzando una importante fracción del universo productivo.
Cabe destacar que en esta ecuación, los sobrevivientes que pierde la fuerza laboral pasarán inmediatamente a formar parte de la fuerza delictiva, convirtiendo el territorio en un infierno.
Conclusión
Si bien todo el mundo habla de cómo llevar adelante la “lucha contra el narcotráfico para erradicar el flagelo de las adicciones”, lo cierto es que nadie sabe cómo hacer esto y sí sabe que no puede.
Por otro lado, lo que sí puede es diseñar e implementar políticas públicas que lideren la erradicación inmediata de la drogadicción infantil y promuevan una reducción inmediata en el consumo de drogas.
O sea, la problemática no amerita una lucha contra el narcotráfico, atacando la comercialización de estupefacientes, sino que amerita luchar contra el consumo con políticas públicas, para lo cual, es indispensable, conocer la realidad.
Norman Robson para Gualeguay21

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