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A mitad del río


Hace dos años, los argentinos decidimos cruzar ese gran río que separa dos escenarios, dos realidades diametralmente diferentes, y hoy, entre camalotes y remolinos, nos encontramos a la mitad del mismo, desbordados de incertidumbres e inquietudes.

A lo largo de esta mitad, en cada brazada, a los argentinos se nos fue la vida, luchando contra traicioneras corrientes, contra invisibles cardúmenes de palometas, y contra cualquier otra sorpresa que nos deparó el perverso destino.
Hoy, a la mitad del río, la costa está a la vista, se la ve realmente alcanzable, pero las muchas dudas nos alimentan el miedo a no llegar, a no alcanzar el otro lado, no solo porque nunca fuimos grandes remeros o nadadores, sino porque, a pesar del trecho recorrido, aún nos negamos a aprender el oficio.
“Somos la nueva política” y “hacemos lo que tenemos que hacer”, sostienen los artífices de este proyecto, y ello es bienvenido entre los argentinos, pero, como todo extremismo, éste también tiene sus grandes defectos.
Este fundamentalismo ingenieril de gobernar según nuevas prácticas políticas que profesa el Gobierno Nacional, y cumpliéndolas a rajatablas, ha caído en la necia soberbia de rechazar toda práctica política del pasado, incluso aquellas indispensables para gobernar y que, no por practicarla, identifica a quien la practica con un determinado color político.
O sea, uno puede llegar a un club de futbol a imponer nuevas filosofías, innovadoras estrategias, y fantásticos cambios en las reglas, que por superadores lo diferencien diametralmente de su antecesor, pero nunca pretenderá imponer una pelota cuadrada, pues eso significaría su fracaso.
Hoy, creo, nadie duda de que es momento de la técnica de los ingenieros, así como tampoco nadie duda ya de que los discursos demagógicos de la corpo político-judicial ya pasaron a la historia, pero despreciar las herramientas propias de la política pinta como un sincericidio, y los argentinos queremos que este proyecto sobreviva y prospere, no queremos que sea otra frustración.
Parece mentira que la tecnocracia duranbarbista se divorcie de las tradicionales políticas de comunicación, como si éstas fueran a desacreditar o desvalorizar la gestión de gobierno, y pongan todas las fichas en los medios hegemónicos, con firme competencia opositora, y dejando al interior como zona liberada.
Parece mentira que los Hardy Boys del maurismo, que llevan adelante las sonadas investigaciones anticorrupción, no se den cuenta de que la justicia no termina en la General Paz, y que, más allá de ésta, reina la impunidad sin que nadie ose cuestionarla.
Este fundamentalismo, tan necio como soberbio, pone en riesgo la construcción colectiva que hasta ahora, a mitad del río, lleva Cambiemos a nivel nacional y que no puede completar y consolidar en todo el territorio argentino.
En la Argentina de hoy, puertas afuera de la General Paz, hay dos grandes cucos que se desenvuelven livianos lejos del control del cambio: La Prensa y la Justicia, y las dos están, en muchas provincias, sino en todas, en manos del pasado seudoperonista, ante la boquiabierta indiferencia del maurismo.
Un claro ejemplo de esto último es lo que ocurre en la provincia de Entre Ríos, y en sus comunas, donde en 2015 Macri le ganó a Scioli pero De Ángeli perdió con Bordet, y hoy, después de dos años, Cambiemos todavía no consolidó su proyecto.
En nuestra provincia, hoy todos todavía celebran los guarismos de las elecciones 2017, donde el maurismo se impuso en todos los departamentos, incluso Concordia, pero no ven que, a pesar de eso, Cambiemos aún no existe.
No se dan cuenta de que, para los entrerrianos, Cambiemos todavía no es una propuesta política, pues no tiene casa, no tiene caras, no tiene ideas, o, por lo menos, el pueblo entrerriano no las conoce.
Cambiemos fue para los entrerrianos solo la herramienta por la cual reiteró, enfáticamente, que no quiere más del pasado, que no quiere más kirchnerismo, e inferir otra cosa puede ser un grave error.
Si bien es cierto que, a pesar de esto, es muy probable que el tractor maurista los coloque a Cambiemos en el poder en 2019, lo cierto es que cualquier traspié nacional, como el de estos días pasados, puede direccionar los votos devuelta a alguna mutación política de los aún impunes urribarri-kirchneristas, aún vivos y dueños de la Prensa y de la Justicia.
Convengamos que, si hoy fueran las elecciones, en Entre Ríos los guarismos podrían ser muy diferentes a los de octubre pasado.
Por lo tanto, a mitad del río, el proyecto nacional de Cambiemos está buenísimo, pero si no se avivan en la Nación de bajarlo y consolidarlo políticamente en los territorios, sean provinciales o comunales, algunos cuantos podríamos estar condenados a seguir bajo el imperio impune del pasado.
Hoy, más que nunca, la realidad demanda un planteo estratégico serio que ataque la realidad política provincial de cara al 2019, con especial atención en la Justicia, que blinda a los actores entrerrianos del funesto pasado, y en la Prensa, que de forma nada sutil informa lo que quiere en favor de éstos.
Desde acá hasta la costa, los camalotales no van a ser pocos, las palometas serán pirañas, y las corrientes y los remolinos serán de dulce de leche, razón por la cual deberemos prepararnos concienzudamente, y desprovistos de toda soberbia, para lo que nos toque en suerte, sino, que Dios y Entre Ríos nos lo demanden.
Norman Robson para Gualeguay21

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