Cardiólogos, plomeros y curas, en algo nos parecemos

Él mismo me decía que la tarea de los sacerdotes se parece mucho a la de él. Nos toca “auscultar” de alguna manera el corazón humano, sus búsquedas y anhelos, sus fracasos y decepciones, los riesgos que enfrenta.  Esta capacidad de discernimiento no es sólo hacia las personas, sino también de las comunidades: las Parroquias, las Diócesis, las comunidades educativas o religiosas, etc. Y además, de la sociedad, la ciudad, el país, el mundo, en su más amplio sentido. Como monseñor Enrique Angelelli decía: “Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”.
Sé que lo que te voy a decir puede sonar audaz, pero no por eso es menos cierto. También debemos “auscultar” el Corazón de Jesús. Si prestamos atención vamos a escuchar que sus latidos de amor quieren llegar a todos los hombres.
Son necesarias ambas escuchas.
Somos amigos de Jesús para los hermanos, y amigos de los hombres ante Jesús. Los sacerdotes debemos ser plenamente hombres y solidarios con la humanidad entera ante Jesús. Y debemos ser hombres de Dios para la humanidad. Debemos ser hombres de diálogo y cercanía con los hermanos y de profunda oración con Dios. Nada nos aísla o enajena de unos y Otro.
Francisco acuñó una expresión muy significativa, y nos dice que debemos ser “pastores con olor a oveja”, y podemos completar diciendo que como consecuencia las ovejas deben tener olor a Cristo Buen Pastor por tenerlo cerca. Una hermosa canción nos expresa con emotiva belleza: “He despertado en el redil, no sé cómo, entre abordones y cuidados del Pastor… tengo vida, tengo dueño y soy querido”. Una hermosa evocación del Salmo 22.
Nuestro Papa también nos enseña que la alegría de la misión que se nos confía nos hace “personas -cántaro”, facilitadores de la gracia. Somos como buenos plomeros que se aseguran que el agua circule con abundancia para saciar la sed. No somos dueños del agua, ni sus dueños o burócratas.
En el buen sentido de la expresión, estamos familiarizados con las “cosas de Dios”, para servir a la fe de nuestro pueblo. Como hijos en la carpintería del papá, que reconocen el nombre y la finalidad de cada herramienta.
El origen de esta vocación sacerdotal es el amor a Dios por su pueblo. El profeta Jeremías dijo de parte de Dios siglos antes de Jesús: “Les daré pastores según mi corazón”. (Jr. 3,15)
Por eso a Pedro, después de la Resurrección, en el momento de confiarle el cuidado de la Iglesia lo interroga acerca del amor. “¿Pedro, me amas?” (…) “apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15 – 25).
Mañana, 4 de agosto, celebramos a San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes. Él es un modelo de entrega generosa a Dios y los hombres.
En nuestras tierras, también el Beato Cura Brochero nos enseña a ser generosos y audaces en la misión. Él supo acercar varones y mujeres de su tiempo ─especialmente a los pobres─ al corazón de Jesús por medio de la predicación ferviente de los ejercicios espirituales y el testimonio de su vida pobre y entregada. Enfermos, pobres, pecadores, todos tenían lugar en su amor de padre, evocando la figura del Buen Pastor que busca y carga con ternura la oveja encontrada. Una evangelización que también fue promoción humana buscando para su pueblo educación, caminos, el ferrocarril.
En esta semana, el 7 de agosto, celebramos a otro sacerdote santo, San Cayetano, intercesor y patrono del pan y el trabajo.
Recemos por los sacerdotes del mundo entero y por aquellos que en concreto nos acercan a Jesús en nuestras comunidades. Somos caminantes por siempre, buscadores de horizontes, rastreadores de las huellas del Maestro, humildes peregrinos, viajeros en esperanza, dice más o menos así una canción que escribió justamente un sacerdote.
Y también somos frágiles, limitados, pecadores. Sé que no siempre reflejamos el rostro de Jesús Buen Pastor. Pido perdón a Dios por nuestro pecado o cerrazón de corazón que aleja a algunos del Amor del Padre, o por las veces en las cuales somos obstáculos más que puentes.
Te pido por favor una oración especial por los que sufren la violencia de la guerra y la persecución religiosa.
Por monseñor Jorge eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de Comisión Episcopal de Pastoral Social

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