En este caso, quiero referirme a la perversa herencia cultural que el populismo dejó en nuestra sociedad y que mucho tiene que ver con el periodismo, con su desarrollo, y con su rol dentro de la sociedad.
En nuestro pasado inmediato, el Periodismo, al igual que la Política y la Justicia, fue sometido a un proceso de sistemática degradación en favor de un escenario de total desconcierto, donde hasta la misma realidad pasó a ser controvertida, cuestionada y fácilmente puesta en duda.
Tal es así que, todavía hoy, la palabra del periodista, como la del juez o del político, está totalmente desacreditada, y prejuzgada de tendenciosa o funcional a algún interés ajeno a la verdad.
De este modo, a lo largo del pasado proceso populista, se lograron pervertir los conceptos de forma de que, en el caos del desconcierto, se facilitara que el poder negara toda realidad, que se victimizara, y que pudiera imponer un relato totalmente ajeno a la realidad.
Pero hoy, a pesar del cambio, esto aún está lejos de cambiar, no solo porque ni siquiera es tenido en cuenta por quienes llevan adelante el cambio, quienes aún profesan los mismos vicios que rigieron en el pasado, sino porque se ha hecho una costumbre profundamente arraigada en nuestra cultura a lo largo y a lo ancho del territorio.
“Los periodistas, los políticos, los jueces y los fiscales, todos responden a intereses oscuros a cambio de dinero”. Así se le ha hecho creer a la sociedad. La verdad revelada que el populismo ha sabido imponer, una de las tantas mentiras que la sociedad gustó adoptar.
Si bien no dejamos de reconocer que hay casos en que así han procedido, lejos está de ser una regla.
Pero lo más grave de todo esto es el desequilibrio político que esto provocó, y sigue provocando, en la sociedad.
Sabido es que a río revuelto, ganancia de pescador. Una vez pervertidos los valores de la política, de la ley y de la noticia, todo se hace posible ante los desorientados ojos de una sociedad sumida en la inquietante desorientación.
Revertir esto, definitivamente, no va a ser fácil.
Hoy persiste esta cultura en nuestros nuevos gobiernos, en los ámbitos legislativos y deliberativos, en los tribunales, en las fuerzas de seguridad, en los sindicatos, en las mesas de las instituciones intermedias, en las ONGs, en las cantinas de los clubes, en los asados, en el bar, en nuestra sobremesa.
“Fulano dice eso o hizo aquello porque trabaja para sultano o es menganista”, no falta nunca quien asegure. Hoy todo se ha pervertido, se ha degradado, se ha bastardeado, y así parece estar aceptado por la sociedad, convalidando el caos.
Por todo esto, hoy, los periodistas y medios que sobrevivieron íntegros al abuso del populismo deben ser reconocidos, y, aquellos que sucumbieron al atropello del poder, deben ser rescatados.
Es vital para la Republica y la Democracia que unos y otros recuperen la libertad, la independencia, los derechos, las obligaciones, la pluralidad y la diversidad en el ejercicio del periodismo.
De este modo, y haciendo lo propio en la política y en la Justicia, se podrá restaurar un sano equilibrio político que permita una sana convivencia y un efectivo desarrollo de nuestra sociedad.
Caso contrario seguiremos sumidos en el desconcierto y, a partir de ello, perdidos en la discordia, condenados a vivir bajo la opresión de cualquier poder de turno.
O sea, con periodismo, hay esperanza.
Norman Robson para Gualeguay21


















