Pero, en algún momento, mucho más temprano que tarde, algo dejó de ser normal en la intimidad de esa familia, aunque, las partes no supieron reconocerlo. La nena tenía 6 años y en los turnos para cuidarla algo cambió, pero, en su inocencia, ese cambio se hizo normal, cotidiano. Corría el año 2000.
Así pasaron los años, y la perversa rutina llevó de una cosa a otra cosa, en inocente complicidad con papá, con la inconsciente ignorancia de mamá. Así la nena dejó de ser nena y se convirtió en señorita, la insana relación evolucionó, y su inocencia fue deslizando señales. Sutiles señales, primero, inequívocas, con el tiempo. Pero nadie osó imaginar lo inimaginable, menos se atrevió alguien a decirlo, mucho menos denunciarlo.
Ante la persistencia de estas silenciosas pistas, algún asqueado o indignado tuvo la mínima valentía de transmitir las sospechas a algún pariente un poco más valiente, y éste tuvo el arrojo de enfrentarlas y convertirse en el malo de la película, poniendo la realidad sobre la mesa familiar.
La señorita ya tenía 17 años, una hermosa jovencita que, con traumático dolor, ya había descubierto que el juego no era un juego, que el secreto era en sí una traición, y que, de algún modo, ella nunca podría ser como las demás. Con ese mismo dolor descubría que volver atrás era imposible.
Una vez desnudada la realidad, el escándalo explotó, y algún menor confirmó algunas pistas. La historia se hizo carne en cada una de las partes, cruda y dolorosa, asfixiante. El pariente la invitó a pedirle auxilio a la Justicia, a relatarle lo irrelatable, y de la mano se presentaron ante la ley. La crudeza de la historia conmovió e indignó a los gélidos magistrados, tanto por el escalofriante contexto como por el escabroso vínculo.
Para el pariente el deber quedó cumplido: La vida de aquella flor abusada por más de una década, criatura de infancia y adolescencia amputadas, finalmente había quedado en las manos de la Justicia. Doce años de perversión incestuosa agravada por tantas razones…: ser el papá, ser la pareja de mamá, ser el sostén económico. Fue a principios de 2012.
Así comenzó la peregrinación judicial, dura, inescrupulosa, dolorosa, irreversiblemente traumática. Sin pruebas físicas, sin elementos tangibles, solo el relato, otros relatos, y, finalmente, una confesión. Un defensor de afuera y un fiscal débil negociaron y acordaron, a pesar de la imperdonable vejación, evitar la cárcel. Todo se resolvería en la nada.
Afortunadamente, la justicia existe y la Justicia funcionó: la impunidad no prosperó y la causa buscó su justo rumbo. Primera instancia, segunda, casación. Finalmente, días pasados, los últimos jueces confirmaron la ineludible condena de 13 años de prisión efectiva.
Pero el reo ya no estaba. Hasta la peor de las miserias humanas encuentra amigos y amigas. Se ordenó la búsqueda y captura. Pasó un poco de tiempo y, nuevamente, el destino quiso ser justo. Apresado a orillas del mar, el reo volvió a su ciudad para cumplir con la Justicia.
Si bien se consuma la venganza del sistema, aún persiste el daño irreparable, ese que nadie asumirá, ese que después de la sentencia pasa al olvido, como también pasará al olvido esta historia, y este ser insano, de imposible regeneración, en algún momento, por buena conducta, volverá a la calle. Tal vez a echar mano de otras víctimas, o continuar con algunas que no salieron a la luz.
A la jovencita y la mamá, hoy les toca enfrentar la vida con un pasado pesado, que, seguramente, despertará en ellas en cada momento de íntima paz. Eso no lo cura nada, ni nada lo consuela. Nada lo redime.
Hoy, entrando al otoño de 2016, es escalofriante la cantidad casos como este que llegan con escabrosos detalles a la Justicia. Ni pensemos en los que no llegan. Ni pensemos en los suicidios infantiles que crecen.
Hoy está de moda rajarse las vestiduras por la marketinera violencia de género, un tema que garpa bien. Pero de estos casos nadie habla. A nadie le gusta ponerlos sobre la mesa. ¿Por qué somos así?
Hoy los sistemas de detección son indiferentes a estos aberrantes hechos. Tal es así que permiten que un escalofriante abuso incestuoso desfile indiferente a lo largo de más de una década frente a los ojos de familiares, maestros, profesores, médicos, vecinos, etcétera. ¿Tan así somos?
Hoy es indiscutible el inconsciente consentimiento social que prima en estos casos. Entre Ríos es líder en este patético ranking. Un cura sometió a docenas de devotos por años y años y la Iglesia nunca lo descubrió. Un funcionario municipal hizo lo propio a docenas de infantes durante décadas y una ciudad no lo advirtió. Y cada día, la Justicia entrerriana recibe más y más casos de abuso de los cuales nunca nadie se enteró. ¿Realmente no nos damos cuenta?
Hoy, el Estado, con su Escuela, su Hospital, su Desarrollo Social, su Seguridad, y todos sus presupuestos, no es capaz de instrumentar los mecanismos que ya existen para proteger nuestra más cara inocencia, aquella sobre la cual descansamos todo nuestro futuro. ¿Hasta cuándo?
Norman Robson para Gualeguay21


















