Tal es así que hasta se ha instalado un debate sobre si la inseguridad es una realidad o solo una sensación.
Definitivamente hay una inseguridad real, y la ciudadanía la conoce por los medios. Es aquella que se mide en término de hechos y víctimas. Es el frío y crudo número estadístico que desnuda una realidad sin dejar lugar a dudas.
Del mismo modo, la sensación de inseguridad también existe. Es la que uno siente, es el miedo que brota y se potencia, que se propaga como si fuera contagioso y se hace público. Tan así que muta en la tan mentada sicosis social.
Ese es el miedo instalado. El miedo a la calle, al arrebato, al asalto, a la mismísima muerte, siempre en manos de la delincuencia, motivada por el dinero, por la droga, por el descontrol o, incluso, por simple envidia, revancha o venganza.
Esa es, más allá del ridículo debate, la cruel realidad de la inseguridad y su sensación.
Tan real es la inseguridad que solo un factor puede morigerar su impacto concreto en nuestra vida: la Justicia y las fuerzas de seguridad, pues ellas representan nuestras garantías constitucionales y son quienes deben proteger nuestra integridad de quienes quieran dañarla.
De este modo, cuanto menor es la eficacia de la justicia y las fuerzas de seguridad a la hora de protegernos, mayor es nuestra inseguridad, tanto la real como su sensación.
Esto está claro.
Ahora bien, cuando la amenaza ya no solo viene de la marginalidad de la creciente delincuencia, sino que también viene de los mismos que deberían procurar nuestras garantías constitucionales, la inseguridad real se potencia y su sensación se hace intolerable.
En este escenario, los miedos comienzan a invadir nuestra vida de la mano de la impotencia, arrasando con toda nuestra estabilidad general, ya que nos encontramos frente a un constante peligro cierto en un estado de total indefensión.
O sea, cuando los malos y los que deberían ser buenos son la amenaza, la vida se hace invivible, preguntándonos todo el tiempo, desbordados de angustia y desesperación, “… y ahora quien podrá ayudarnos…?”, aunque siempre ya sepamos la respuesta.
El Chapulín Colorado ya no existe.
Norman Robson para Gualeguay21

9 julio, 2026 9:49 am/
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