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¿El fin de la demagogia?


Recordando que la demagogia es la estrategia política por la cual se recurre a seducir el apoyo popular manipulando los prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del pueblo, antes mediante la retórica y la propaganda, hoy pervirtiendo la realidad a través de los medios, observo nuestra actualidad política en busca de indicios de cambio.

De este modo, nuestra historia me desnuda que las diferentes demagogias sufridas, sea en periodos democráticos como en las dictaduras, siempre buscaron solo la perpetuidad del poder y el enriquecimiento de la oligarquía del momento, mientras que nunca, ninguna, pretendió gobernar en pos de un futuro mejor.
En realidad, llegaron al poder embanderados en conmovedoras ideologías, pero, una vez en el poder, todos, a lo largo de la historia, resultaron ser meros oportunistas, no al servicio del país, sino de sí mismos.
Esto es fácilmente comprobable echando un vistazo a las pocas acciones políticas de proyección sustentable de cada gobierno, las cuales solo pretendieron, en su momento, consolidar y mantener el poder y no el desarrollo de la Nación.
Este extenso proceso demagogo, que duró, tal vez, más de un siglo, está signado por la ausencia de políticas de Estado de cualquier tipo y tenor, y esta ausencia es la principal responsable de esta realidad patética que hoy vivimos, la cual recién hoy nos permite tomar consciencia del grado de degradación de nuestra seguridad, de nuestra salud, de nuestra educación, de nuestra justicia, al punto poner en riesgo nuestra cara soberanía.
Frente a esta escalofriante conclusión, me detengo a observar al gobierno actual sin poder evitar preguntarme si se trata de más de lo mismo, si, en realidad, se trata de una innovada versión demagógica que, en definitiva, solo pretende lo mismo de siempre para su oligarquía de pertenencia.
Qué difícil es responder a esto, especialmente con la perversión de la realidad que impera en nuestro cuarto poder, nítidamente dividido entre unos y otros. Igualmente, busco rescatar algunos indicios que me iluminen el camino hacia una respuesta, sin pervertirme con mi propia ilusión de ver, en mis últimos años, el renacer de mi Patria.
En este sentido, presiento, intuyo, o quizás solo sospecho, algunas medidas que aspiran, en algún momento, a convertirse en políticas de Estado. En seguridad imagino una intención de jerarquización, en la Justicia de depuración, en la salud y la educación de accesibilidad.
Es cierto, pueden ser solo fantásticas ilusiones, pero, comparta o no las medidas que se toman, sí compruebo que se toman indiferentemente del momento político, mucho menos supeditadas al efecto que pueden causar en el electorado. Creo ver que hacen lo que creen sin oportunismos, desprendidos de cualquier demagogia.
De ser cierto esto último, estamos, realmente, frente a un hecho sin precedentes en mucho tiempo: Se hace lo que hay que hacer, lo cual, más allá de ser un eslogan político, no pregona otra cosa que el abandono de la demagogia después de más de un siglo.
Hete aquí que, más allá del respeto institucional por todos los gobiernos democráticos, este me merece mi crítica simpatía, ya que, realmente, podría significar el inicio de un cambio, el cual solo se consolidará al cabo de varios períodos.
Vale alertar que, de ser todo esto cierto, el desafío de revertir tantos años de corrupción de nuestra cultura política, definitivamente, no va a ser sencillo, y buscarlo tendrá sus grandes costos económicos, sociales, políticos, y, más que nada, morales, pero que se deberán afrontar pretendiendo la unión de todos los argentinos.
O sea, puede que esta vez salgamos de una vez por todas del agujero al que nos condenamos alguna vez, puede que no, pero nadie puede negar que esta vez hay signos distintos, diferentes, que, a lo mejor, podemos hacer que prosperen y se conviertan en realidades que, finalmente, signifiquen el verdadero y esencial cambio que necesitamos.
Yo no veré el cambio, pero sí me dejará contento el haber sido contemporáneo de su gestación.
Norman Robson para Gualeguay21

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