El Mariscal de la paliza

Pero, a la hora de la verdad, todo resultó ser una gran mentira: las urnas apenas le dieron un 30 por ciento. Todo resultó en desastre y él se convirtió en el Mariscal de la paliza.
Al mariscal, el pasado domingo, no lo traicionó nadie. Nadie le mintió. Él solo se mintió. Él solo se traicionó con su soberbia, con su necedad ante lo evidente, con su profunda ignorancia sobre la vida.
Con su soberbia promovió a una ignota y arrogante foránea como intendenta, a un verdugo de los trabajadores ahora disfrazado de peronista como vice, y a él mismo, con su ya frondoso prontuario, como senador.
Con su necedad se negó a ver y reconocer que hasta su propia sombra le votaría en contra. Que en esas mesas pagadas por el pueblo solo tres de cada diez lo votarían.
Con su ignorancia, el Mariscal creyó que podría abusar eternamente de sus gobernados. Creyó que engañaba al pueblo con sus infantiles cortinas de humo. Su ignorancia lo llevó a creerse muy por arriba del pueblo.
Indiferente a la exclusión, la postergación y la corrupción promovidas desde su gestión, el Mariscal prometía más de lo mismo. Aseguraba, estúpidamente, continuidad.
Así, de ese modo, despreciando a propios y ajenos, pisoteando dignidades y necesidades, el Mariscal lideró al oficialismo hacia la peor derrota de la historia en la ciudad. Sesenta a treinta fue la paliza. Casi lo mismo que lo obtenido por él en las PASO. El propio peronismo, menospreciado por él, le dio la espalda. Solo ganaron en dos mesas. Record histórico de siete concejales para los vencedores.
Para hacer realidad esta vergonzosa paliza, el Mariscal embarró las internas, dejó al partido sin diputados provinciales y recurrió a todas las trampas para ensuciar la campaña.
Pasado el apocalipsis, el mea culpa jamás llegó. Muy por el contrario, indiferente a la derrota, a los ranchos, a los perseguidos y a los peculados, el Mariscal viajó a divertirse junto a su caballo en Estados Unidos.
Mientras él pasea en ostentoso despilfarro, acá, entre aguas infestadas, aires olorosos y cloacas a la vista, la derrota desmadrada comienza el saqueo.
Y como si esto fuera poco, quienes acompañaron esta gran paliza insisten en querer imponernos a Scioli como presidente.
Norman Robson para Gualeguay21

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