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Entre miedos

La violencia se ha instalado entre nosotros al punto de que vivimos entre miedos. Miedo a los malos, pero, lamentablemente, miedo, también, a los que deberían ser los buenos, que hoy parecen haber perdido el sentido de su función.

Los últimos días ha tomado estado público una serie de casos que desnudan una exacerbada intolerancia de los efectivos policiales para con los ciudadanos, a quienes deben cuidar, y en quienes no deben descargar sus furias y frustraciones.
Un hombre común atrapado por un operativo de tránsito, una familia en un barrio abiertamente marginado, dos turistas estafados en su honor, y un periodista en cumplimiento de su labor, más allá de las circunstancias, fueron alevosamente maltratados como delincuentes comunes.
Más allá de la discutible aplicación de las normas en cada situación, la brutalidad de los procedimientos en cada caso es sencillamente repudiable y condenable, tanto por innecesaria como por exagerada, y la cúpula policial debe dar cuenta de esta realidad haciéndose cargo y disponiendo medidas correctivas de inmediato.
Es que, en un solo fin de semana, fueron demasiadas casualidades juntas para que la Policía y la Justicia puedan excusarse y sigan culpándose una a la otra de sus propias falencias. Esta vez deben reconocer la preocupante situación que se vive.
Pero, lamentablemente, es mucho más fácil para una y la otra culpar a los otros y victimizarse, que tener la grandeza de asumir deficiencias y corregirlas.
Es más cómodo estigmatizar barrios, y a sus residentes, que tomarse el trabajo de conocerlo y actuar en consecuencia.
Es más fácil condenar y atacar la delincuencia infantil, que tomarse el trabajo de reconocer que reflejan una gravísima problemática social.
Es más práctico reprimir cualquier reclamo, que tomarse el trabajo de atender razones que pueden merecer ser escuchadas y atendidas.
Es más rentable buscar cualquier error con tal de cumplir el objetivo de recaudar, que tomarse el trabajo de promover el orden en pos de una pacifica convivencia.
Es más seguro repeler a cualquier actor de la prensa, por las dudas descubra alguna mancha, que tomarse el trabajo de actuar siempre correctamente.
O sea, es más fácil estigmatizar, condenar, atacar, reprimir, abusar, que trabajar bien.
Hoy vivimos indefensos y temerosos entre una ley que titubea y un orden ausente, donde la impunidad está a la orden del día tanto para los malos, como para los que deberían ser los buenos, mientras siempre son los inocentes los que terminan pagando los platos rotos.
Se puede comprender la falta de recursos, pero nunca la falta de respeto, menos cuando se manifiesta violentamente, pues la primera puede ser tolerable mientras se avance en las soluciones, pero la segunda es absolutamente intolerable, porque vulnera directamente los derechos individuales de los ciudadanos y pone en riesgo la propia integridad de los mismos.
¿Cómo se corrige? El cómo es fácil: Con fuerzas de seguridad que trabajen. Que trabajen en el territorio, conociéndolo, no liberándolo, y que trabajen hacia adentro, capacitando, preparando y equipando sus funcionarios de forma que sean aptos para imponer un orden pacífico.
Norman Robson para Gualeguay21

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