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Francisco en Colombia


No sé si a vos te pasa, pero a mí sí. Son tantas las cosas que suceden en una semana, y tan importantes, que no tengo capacidad de asimilarlas en su dimensión profunda. Necesito parar un poco y volver a ellas de un modo más reposado.

Te invito a recoger algunas enseñanzas que nos deja la visita misionera de Francisco en Colombia.
Han sido días intensos desde la agenda, y sobre todo desde lo emotivo, especialmente la tarde del 7 de septiembre en el Parque Las Malocas en el  Gran Encuentro de Oración por la Reconciliación Nacional. Los testimonios fueron escuchados con atención por el Papa y por los millones de feligreses cristianos y de otras confesiones que a través de los medios de comunicación nos hemos sumado a la multitud colombiana.
No sé si llamar a esos testimonios como desgarradores, conmovedores, pero abrir la intimidad es valiente cuando lo que se comparte hace vibrar, emocionar, palpar con respeto el misterio del drama de la existencia humana. ¡De cuánto daño somos capaces! ¡Cuánto horror podemos provocar en la vida! En Colombia atravesaron 50 años de violencia que significaron la muerte de 2 millones de personas y 6 millones de desplazados. Heridas abundan por donde se mire, se escuche, se palpe…
Las palabras de Francisco en el encuentro con quienes fueron víctimas de la violencia y otros que expresaron su arrepentimiento tienen una fuerza de sanación y ternura. “Ustedes llevan en su corazón y en su carne las huellas de la historia viva y reciente de su pueblo, marcada por eventos trágicos pero también llena de gestos heroicos, de gran humanidad y de alto valor espiritual de fe y esperanza. Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5).”
“Y estoy aquí no tanto para hablar yo sino para estar cerca de ustedes y mirarlos a los ojos, para escucharlos y abrir mi corazón a vuestro testimonio de vida y de fe. Y si me lo permiten, desearía también abrazarlos y llorar con ustedes, quisiera que recemos juntos y que nos perdonemos ―yo también tengo que pedir perdón― y que así, todos juntos, podamos mirar y caminar hacia delante con fe y esperanza.”
Presidía la oración una imagen de un Cristo crucificado que había sido dañado en un Templo en el cual fueron masacradas decenas de personas en el año 2002. “Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.”
También tuvo Francisco palabras de aliento y esperanza por lo que todavía falta recorrer: “Aun cuando perduren conflictos, violencia o sentimientos de venganza, no impidamos que la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asuma la historia de dolor de Colombia. Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, los reconoce, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz”. Pasos importantes: reconocer el delito, arrepentirse, reparar…
No es impunidad, ni negación del daño, ni olvido. “La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos”.
¡Y cuánto consuelo en el abrazo, el aliento, la ternura!
Cuando le habló a los obispos que conforman el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) les recordó “las tentaciones” que había
Indicado ya en su viaje a Río de Janeiro durante la Jornada Mundial de la Juventud del 2013: “Tentaciones, todavía presentes, de la ideologización del mensaje evangélico, del funcionalismo eclesial y del clericalismo, porque está siempre en juego la salvación que nos trae Cristo. Esta debe llegar con fuerza al corazón del hombre para interpelar su libertad, invitándolo a un éxodo permanente desde la propia autorreferencialidad hacia la comunión con Dios y con los demás hermanos”. Y también señaló a Aparecida, poniendo en esa conferencia del 2007 una lupa grande: “Aparecida es un tesoro cuyo descubrimiento todavía está incompleto. Estoy seguro de que cada uno de ustedes descubre cuánto se ha enraizado su riqueza en las Iglesias que llevan en el corazón. Como los primeros discípulos enviados por Jesús en plan misionero, también nosotros podemos contar con entusiasmo todo cuanto hemos hecho (cf. Mc 6,30). Sin embargo, es necesario estar atentos. Las realidades indispensables de la vida humana y de la Iglesia no son nunca un monumento sino un patrimonio vivo. Resulta mucho más cómodo transformarlas en recuerdos de los cuales se celebran los aniversarios: ¡50 años de Medellín, 20 de Ecclesia in America, 10 de Aparecida! En cambio, es otra cosa: custodiar y hacer fluir la riqueza de tal patrimonio (pater – munus) constituyen el munus de nuestra paternidad episcopal hacia la Iglesia de nuestro continente”.
Con los seminaristas y consagrados fue muy claro. Nada de mundanidad, opciones claras, testimonio de vida pobre… Expresó que las vocaciones nacen también en familias imperfectas. Perseverar con los más vulnerables, con la lectura de la Palabra y les pidió que no se olviden de adorar al Señor. “Las vocaciones de especial consagración mueren cuando se quieren nutrir de honores, cuando están impulsadas por la búsqueda de una tranquilidad personal y de promoción social, cuando la motivación es «subir de categoría», apegarse a intereses materiales, que llegan incluso a la torpeza del afán de lucro. Lo dije ya en otras ocasiones y lo quiero repetir como algo que es verdad y es cierto, no se olviden, el diablo entra por el bolsillo, siempre. Esto no es privativo de los comienzos, todos nosotros tenemos que estar atentos porque la corrupción en los hombres y las mujeres que están en la Iglesia empieza así, poquito a poquito, luego —nos lo dice Jesús mismo— se enraíza en el corazón y acaba desalojando a Dios de la propia vida. «No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,21.24).”
Hoy se cumple un nuevo aniversario de la creación de la Diócesis de San Juan de Cuyo en 1834. Demos gracias a Dios que nos llama a ser familia suya.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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