Luz verde a la droga

Es curioso como el “aparato”, ese que algunos insisten en llamar Estado, ha impuesto una seudorealidad que todos, unos por comodidad y otros por necia estupidez, fácilmente aceptamos.

El aparato nos cuenta, a través de los medios, como se desangra en su frustrada lucha contra el narcotráfico, hasta las lágrimas, y nosotros lloramos con él.

Nos angustiamos cuando el aparato se rasga las vestiduras por la llegada de colombianos, mejicanos y chinos al gran negocio argentino, una suerte de tierra prometida de la falopa y nos confiesa, sin sonrojarse, que no puede contra el monstruo de la droga.

“Narcotráfico: La Argentina blanca”, “El narcotráfico es mucho más grave que hace 10 años”, “Bullrich y Lorenzetti llamaron a luchar contra el narcotráfico”, “La clave contra el narcotráfico es la persistencia”, y “El narcotráfico encontró en Argentina un verdadero paraíso”, son solo algunos de los titulares usuales.

De más está detallar los millones que se destinan en el nombre de esta tan sagrada como infructuosa lucha.

De este modo, hoy, todos estamos convencidos de la debilidad del aparato frente al narcotráfico y, resignados, consentimos su impotencia y nos sometemos, entregados, al avance del flagelo en nuestro territorio.

Que estúpidos que somos. El aparato nos puso el gran árbol del narcotráfico en nuestras narices y perdimos de vista el verdadero bosque del problema.

¿Ninguno de nosotros nos preguntamos nunca por qué se concentra toda la solución en la lucha contra el narcotráfico?

¿Ninguno nos percatamos de que todo el humo de la lucha contra los omnipotentes narcos era para encubrir la ausencia de políticas sociales que atiendan el origen del problema?

El aparato, del cual ya deberíamos reconocer que los popes narcos son parte, nos hace la del tero, grita en un lado y pone los huevos en otro: el aparato grita por el narcotráfico mientras encubre los huevos del negocio, el consumo.

El narcotráfico es un negocio, grande, pero negocio al fin, que involucra la producción y comercialización de un producto, y como todo negocio, se sostiene pura y exclusivamente en la demanda. Pues sin demanda, no habría negocio.

¿A ninguno de nosotros nunca nos llamó la atención que, mientras se destinan millones de pesos a la lucha contra los narcos, el consumo de drogas en nuestro propio territorio esté liberado por el aparato?

Liberado por la policía, por el desarrollo social, por la educación, por la salud pública, por el empleo. O sea, liberado, incluso, por nosotros mismos.

“Ah, pero si entrás a esos barrios te matan”. Cuando nos creímos eso oficializamos la liberación, excluimos el problema, y excusamos al aparato para que siga haciendo nada. E instalamos que los padres, la ignorancia, la incultura, la pobreza, y cualquier razón sea válida para encubrir la ausencia del aparato liberando la droga.

En definitiva, mientras el aparato destina millones a la lucha contra el narcotráfico, y en el camino se caen algunos vueltos, no hay recursos, mucho menos intenciones, para luchar contra el consumo en el territorio, dándole luz verde a donde nace el negocio.

La provincia de Entre Ríos no es ajena a todo esto. Tal es así que, mientras se reconoce que el narcotráfico en la provincia mueve mil millones anuales, el Consejo Provincial de la Niñez, de la Adolescencia y de la Familia, el famoso Copnaf, no tiene recursos ni voluntad ni para atender, aunque sea, un niño víctima de la droga.

Del mismo modo, en Gualeguay pasa lo mismo. El discurso llevó a la creación de una secretaría, presupuesto y becas incluidas, que está pintada mientras el problema se reproduce a lo largo y a lo ancho de la ciudad afectando ya miles de niños.

Tanto en la provincia como acá, seguramente, podrán culpar a otro y seguir el viva la pepa.

Por supuesto, todo esto puede ser puro ilusionismo engendrado en mi riquísima fantasía, pero…

Lamentablemente, luego de leer esto, seguramente todos coincidiremos en seguir echándoles la culpa a los padres, a los pobres, a los ignorantes, y, seguramente, seguiremos así hasta que nos demos cuenta y sea, como siempre, demasiado tarde.

Norman Robson para Gualeguay21

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