Rectángulo Image

Orden y justicia

Soy de los viejos. Soy un convencido de que el orden y la justicia, sujetos a los derechos y deberes establecidos por la República, son la única forma de pacífica convivencia. Tal vez por eso veo una realidad diferente.

Hablar hoy de pacífica convivencia con orden y justicia, para muchos, es una utopía, un imposible, una fantasía, pero me permito insistir. Claro, la convivencia significa equilibrio, y éste solo se logra con el estricto cumplimiento del rol de cada parte. Más aún en tiempos de crisis, donde se potencian las fragilidades del sistema.
Lamentablemente, hoy vivimos una crisis cuya magnitud dudo que sea ponderada por la sociedad en toda su dimensión. No se si todos nos damos cuenta de que esta crítica realidad actual tiene su origen en la violencia resultante, tanto de la degradación institucional como de la devaluación de los valores morales, ambas sufridas por nuestra sociedad en los últimos tiempos.
Éstas carencias han generado un escenario de profundo escepticismo, donde nadie cree en nada, donde la incertidumbre y la impotencia nos dominan creándonos un ambiente de extrema inestabilidad, el más propicio para la violencia en todas sus versiones.
Por lo tanto, veo que lo único que puede dar una salida a esta situación es un estoicismo que restaure las instituciones y restablezca el orden y la justicia republicanas, aquellas de cuando nosotros éramos gurises. Las del comisario, el cura, el periodista y el juez, quienes eran tales por su profundo compromiso con aquel orden y aquella justicia.
Pero en este mundo pervertido de hoy, donde, por un lado, un gurí puede calzar una tumbera, una gurisa armarte una molotov, y a los dos se les impuso un absoluto desprecio por la vida, y, por el otro, un efectivo policial indefenso y asustado, el equilibrio está roto y, difícilmente, algo pueda servir para garantizar una pacifica convivencia.
Menos cuando una barbarie intolerante, disfrazada de civilización y embanderada en hipócritas consignas, ataca sin escrúpulos la historia y la democracia solo porque no tolera pensamientos diferentes o normas de convivencia si van en contra de sus caprichos.
Mucho menos cuando, frente a todo esto, ni el comisario, ni el cura, ni el periodista, ni el juez se calientan, ni por quien mató, ni por quien murió, ni por quien pegó, ni por quien cobró, sino solo por mantener sus rentas alejadas de cualquier amenaza.
Tal vez por eso no me sorprende la realidad del poliladron actual, donde uno ya no corre al otro sino que se ejecutan entre ellos, donde gana el que tira primero. Una realidad donde la impunidad del gurí por ser gurí obliga al mayor a olvidar cualquier prurito moral, excusando al gatillo fácil y condenando al inocente, cuando ambos son víctimas de la injusticia.
Por eso creo que deben volver el comisario, el cura, el periodista y el juez. Los de antes, no los de ahora. La sociedad precisa seguridad sin energúmenos, ni en la calle ni de jefes. Precisa que los púlpitos bajen a la periferia. Precisa pastores con olor a oveja, como me prometió Francisco. Precisa micrófonos denunciando la verdad, no facturando mentiras. Precisa justicia impartiendo justicia, no acomodando las leyes a sus intereses.
Nuestra sociedad precisa, desesperadamente, que se impongan los derechos, pero con ellos que se impongan, también, los deberes y las obligaciones, puesto que en una sociedad sin deberes ni obligaciones, como podemos apreciar, se impone el caos y desaparecen los derechos.
Del mismo modo, la sociedad también precisa sindicalistas defendiendo el trabajo, no defendiendo la violencia. Políticos atendiendo el bien común, no atendiendo sus bienes. Dirigentes procurando sus misiones, no procurando las luminarias de la fama.
Hoy siento que todos somos víctimas: justicieros y ajusticiados, vencedores y vencidos, verdugos y verdugueados, defensores y fiscales, todos fanáticos exponentes del cambalache, todos capaces de dejar sola a la Biblia por robarnos el calefón.
La sociedad hoy precisa, demanda, y en silencio exige, orden y justicia, sin zonas liberadas, sin gente abandonada, sin excluidos ni expulsados. Exige progreso, no vedetismo ni populismo. Solo así recuperaremos aquella realidad donde los buenos somos los buenos y los malos son los malos, donde los gurises son gurises y los grandes se hacen cargo, y donde la ley se cumple y no se cuestiona. O sea, donde cada uno es lo que debe ser haciendo lo que debe hacer, y no es lo que le conviene ser y hace lo que se le da la gana.
Creo que sí, creo que pienso así por viejo, pues creo que todos somos víctimas, unos inocentes, otros ignorantes, pero todos víctimas al fin. Víctimas que, al no reaccionar, nos convertimos en nuestros propios victimarios. Una suerte de suicidio en masa al cual arrastramos a los verdaderos inocentes y, con ellos, al futuro de la sociedad.
Norman Robson para Gualeguay21

× HOLA!