Claro, quien ofició de presidente lo dejó bien claro: Su objetivo fue evitar que la prensa divulgue a diestra y siniestra los detalles íntimos de las aberraciones realizadas a niños con nombre y apellido, vulnerando así sus derechos.
A la vista está que los magistrados prejuzgaron con extrema liviandad a los periodistas asumiendo que no titubearíamos a la hora de explotar el morbo público compartiendo los detalles escabrosos sin recato alguno sobre las identidades.
Lo que tal vez olvida este Tribunal es que los comunicadores somos sujetos responsables ante la Justicia y ante nuestra comunidad, que existen leyes que condicionan nuestros actos, y que cualquier violación a éstas, no solo puede costarnos nuestra libertad, o dinero, sino, también, nuestro buen nombre, el cual no obtuvimos por un nombramiento sino que lo construimos durante años de denodado sacrificio.
Pero, más que nada, los jueces, convenientemente, olvidaron que, más allá de nuestro rol comunicador, nosotros estamos mandados por la sociedad a controlar, con nuestra tarea, que las cosas sean como deben ser, y, en este caso en particular, que los derechos de esos niños no sean vulnerados.
Al hacer esto, este Tribunal no toma en cuenta que Unicef y otras instituciones prestigiosas, que si se ocupan de los derechos de los niños, promueven lineamientos específicos para periodistas que traten estos casos, los cuales adoptamos a través de capacitaciones y aplicamos en la tarea diaria.
Claro está que tampoco es tenido en cuenta el derecho de los ciudadanos a conocer los hechos, sin, por supuesto, invadir derechos ajenos, tal como lo hacemos rutinariamente.
De este modo, al privar a la prensa de presenciar el juicio, el Tribunal no solo “protegió” a los niños, sino que, también, se protegió a sí mismo de cualquier error que pudiera cometer en la administración de la justicia, asegurándose que éste no salga a la luz y, por supuesto, mantenerse impune.
Claro, hay una ventaja: Si bien, finalmente, en asados, peluquerías, o en la intimidad de alguna cama, los presentes harán trascender sin ningún pudor todos los macabros detalles que tanto defendieron del periodismo, seguramente no trascenderán allí los errores que la Justicia podría haber cometido.
Por último, vale resaltar que, según las estadísticas, son más las veces que la Justicia ha traicionado los derechos de los niños que aquellas que lo ha hecho el periodismo, de lo que se infiere que son mucho más confiables los “vulgares” periodistas que los “tan honorables” jueces.
Por lo tanto, si bien se descarta que los magistrados revean su medida, queda demostrado acá que la misma nada tiene que ver con proteger los derechos de los niños, sino, más bien, y como siempre, con proteger a la propia Justicia de los errores que el periodismo les pudiera descubrir.
Norman Robson para Gualeguay21

25 agosto, 2026 4:39 pm/
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