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Una luz que no tiene fin

En las últimas semanas he transitado algunas rutas por primera vez. Estoy visitando parroquias y capillas, compartiendo celebraciones y espacios de encuentro con las comunidades de San Juan a las que me toca servir, acompañar, alentar en la alegría de la fe.

Cuando viajo de día, en general, el camino es “previsible”. Percibo si a un kilómetro hay una curva o si continúa recto. En cambio, las veces en las que me he conducido de noche se me hizo más complicado. Hace falta prestar más atención al camino, las señales y a los animales sueltos que te podés encontrar.

La imagen de la luz y la oscuridad es utilizada de modo reiterado en la Biblia, en otros escritos espirituales y en la poesía en general, y se nos hacen muy cercanas a nuestra experiencia cotidiana.

El Evangelio que leemos este domingo en las misas nos presenta la escena en la que Jesús devuelve la vista a un ciego de nacimiento. Te recomiendo leer por tu cuenta el capítulo 9 del Evangelio de San Juan. Allí se nos muestran las distintas reacciones ante este milagro que realiza el Señor.

Se produce una discusión entre este hombre que era ciego, y ahora ve y reconoce a Jesús como Hijo de Dios, y los sacerdotes y fariseos que se suponen inteligentes, que ven con los ojos del cuerpo, pero están “ciegos” y no alcanzan a encontrarse con el Hijo de Dios.

Se puede aplicar perfectamente el dicho que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Incluso podemos preguntarnos “¿quién está más ciego en este relato?”.

Leer este pasaje a dos semanas del Domingo de Ramos tiene una clara intencionalidad. La Fe también se simboliza con la luz.

La primera Encíclica que escribió el Papa Francisco se llamó “La luz de la fe”, en latín, Lumen Fidei. Allí nos enseña: “La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos, y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos participar en esta visión y reflejar a otros su luz, igual que en la liturgia pascual la luz del cirio enciende otras muchas velas. La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama” (LF 37).

Esa luz se enciende en nosotros en el día del Bautismo, pero no para una foto o a modo de adorno. En el Sermón de la montaña Jesús lo dice bien clarito: “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo” (Mt 5, 14-16).

La luz de la Fe es el mismo Jesucristo: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Con la fe la vida tiene rumbo, horizonte, sentido: el amor eterno del Padre, la vida que desborda de alegría.

La Cuaresma nos orienta a la celebración de la Pascua. No negociemos con las tinieblas cuando podemos disfrutar de la luz de la fe.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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