El origen del desborde en la salud pública

Que la salud pública está desbordada no es una novedad, y, frente a ésto, podemos politizarla culpando de todo a Milei, o podemos profundizar en el tema para ver cual es el origen del problema, por lo menos en Gualeguay. La infraestructura pública del servicio de salud se compone de un centro para todo tipo de complejidades, y una red periférica de efectores para la demanda primaria. Pero, en esta ciudad, esta red, aunque existe, no contiene la demanda, todo cae en el hospital, y este se desborda.

La infraestructura local de salud está compuesta por un hospital público, el San Antonio, dos CICs, también públicos, media docena de salas barriales y otra media docena de centros privados. Un repaso de esta realidad demuestra el desborde del nosocomio, mientras que los CICs, las distintas salas y los privados no sufren tantos sobresaltos.

Por su parte, el hospital, como principal centro de salud, no solo de la ciudad, sino del departamento y aledaños, está preparado para atender emergencias a través de su guardia, aparte tiene consultorios externos, realiza diagnósticos y brinda tratamientos.

La cuestión es que, a pesar de este espectro de servicios de salud, la gran mayoría de la ciudadanía, ante cualquier cosa, va a la guardia del hospital. No va a las salas de los barrios, ni a los CICs, ni a algún privado, aunque pudiera. Ni siquiera va a los consultorios del hospital.

Tal es así que, según las estadisticas oficiales, la guardia del hospital San Antonio atendió durante 2024 unas 50.500 consultas, mientras que en 2025 fueron 55.300, lo que significa que, en solo un año, aumentó un 9,5 porciento, un ritmo de crecimiento que, por sí solo, produce escalofríos. Esto quiere decir que, hoy, se están atendiendo más de 150 personas por día. Frente a una avalancha de esta magnitud, ningún sistema puede resistir.

En este contexto, según fuentes hospitalarias, de esta demanda que recibe la guardia, solo el 20 porciento corresponde con urgencias o patologías complejas, mientras que el 80 porciento restante son cuestiones primarias que, en algunos casos, ni siquiera exigen atención primaria.

Se trata desde dolencias crónicas, dolores odontológicos, y lumbalgias hasta curaciones y gente que quiere medirse la presión. Cuestiones que deberían ser atendidas por la red periférica de efectores para la atención primaria de la salud. Unos 120 casos diarios que interrumpen la atención de las 30 emergencias reales.

Por otro lado, la realización de diagnósticos también está desbordada, tal vez en parte por una exagerada demanda, pero también por una mala administración. No es posible que para un análisis de sangre, indispensable para cualquier diagnóstico, se den turnos dos meses para adelante. Así como tampoco es aceptable que un ecografista se niegue a hacer una ecografía por capricho.

Por el lado de los consultorios, éstos funcionan aliviados, o no tan sobrecargados, porque muchos eligen ir a la guardia simulando una emergencia.

Por último, los tratamientos de las distintas patologías no muestras mayores complicaciones, pues ante un caso de incapacidad se derivan a otros nosocomios, de igual o mayor complejidad.

De todo lo expuesto surge la necesidad de un gerenciamiento estricto de la oferta de salud pública, tanto del hospital, brindándole el servicio a quienes así lo merecen, y derivando a la red los que no, como de la red periférica, contando con la infraestructura necesaria y promoviendo su servicio en sus territorios.

O sea que, dicho de otra forma, es imperativo que los centros de salud barriales comiencen a funcionar en serio, al igual que los CICs, y que el hospital comience a rechazar aquella demanda que no sea emergencia o compleja.

Para esto, lamentablemente, es necesario contar, primero, con la voluntad política de resolver la crisis de la salud pública local, y, segundo, contar con responsables a la altura de la situación, de modo de que puedan acordar que, por un lado, la red atienda la demanda primaria, y, por el otro, el hospital derive a ésta lo no complejo o urgente. En otras palabras, que la política disponga recursos en la red de efectores, y rechace del hospital, de forma elegante, a quienes no lo precisen.

Ahora bien, una vez realizados estos ajustes, y corregida la demanda, los vicios internos del hospital San Antonio no tendrán más excusas.

Norman Robson para Gualeguay21

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