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Carnaval y después


Estos días feriados de Carnaval se deben a una fiesta de origen pagano que comenzó varios siglos antes del cristianismo. Desde hace mucho tiempo se la unió a la celebración de la Pascua, la muerte y resurrección de Jesús.

El tiempo de preparación de una fiesta tan importante que se despliega durante la Semana Santa se llama Cuaresma, y dura cuarenta días desde el “Miércoles de Cenizas” hasta el “Domingo de Ramos”.
Como la fecha de la Pascua varía cada año, también cambia el inicio de la Cuaresma y, por tanto, también los días previos de Carnaval. Así tenemos que en el año 2013 el domingo de Pascua fue el 31 de marzo, y en este 2014 será el 20 de abril.
El próximo miércoles entonces comienza la Cuaresma con el rito de la imposición de las cenizas como expresión de una actitud de búsqueda de conversión. Para preparar el corazón, la vida de cada creyente y de cada comunidad cristiana, Francisco ha publicado un mensaje. Tomó como idea fuerza una frase escrita por San Pablo en una de sus cartas a los cristianos de Corinto, que enseña que Jesucristo “se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Cor 8,9).
Te recomiendo busques el mensaje completo en Internet. No es muy largo. Igualmente te comparto algunos párrafos para tu reflexión y meditación.
El Santo Padre nos remite a constatar el estilo con el cual Dios se acerca a la humanidad. “Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por ustedes…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se «vació», para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15)”.
Podemos con el Papa preguntarnos y respondernos: “¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios”.
Uno de los párrafos directos e incisivos de Francisco nos interpela de verdad: “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”.
Por último, no viene mal recoger el consejo que el Papa nos regala como hombre sabio y que nos quiere de verdad: “Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele”.
No es cuestión de dar sobras o migajas. No se trata de sacar del placard la ropa que molesta, sino de pensar qué puede necesitar mi hermano. El servicio, la solidaridad, el amor son palabras que designan realidades muy  importantes. Pongámonos en marcha hacia la Pascua. Vale la pena.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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