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La dictadura viene del puerto


La historia del federalismo argentino es una historia de derrotas hasta llegar a la situación actual de centralismo absoluto de Buenos Aires y mendicidad obligada de las provincias, que se alinean les guste o no con la voluntad del Puerto y besan la mano que los castiga con fervor sin condiciones.

En 1820, gracias a una intriga de Sarratea, el gobierno de Buenos Aires, que antes había acordado con el Brasil la invasión de la Banda Oriental y el consecuente desastre de Tacuarembó, Artigas fue derrotado en Las Tunas.
Su vida política terminó junto con su liderazgo en la mitad del país. Con ella comenzó la ruina de un proyecto de integración, “libertad en toda su extensión imaginable”, federación y respeto por indios, negros, mestizos y buenos americanos y “capital en cualquier parte menos en Buenos Aires”.
En adelante se abrió el camino de las pretensiones hegemónicas porteñas que se perfilaban desde una década antes y de entrada nomás provocaron la caída de Mariano Moreno. Habría unitarismo, pero con el nombre de federalismo.
En 1861, Urquiza se retiró al tranco de la batalla de Pavón y dejó el campo libre a los porteños, encabezados por Mitre. Un chasque lo corrió al galope a don Bartolo después de la batalla y cuando lo alcanzó le dijo: “no dispare, general, que ganó”. A tal punto había perdido y tal punto Urquiza fue obligado a dejar el triunfo en sus manos en un hecho que todavía no ha sido explicado suficientemente.
A partir de Pavón, el centralismo porteño arrasó a sangre y fuego a los caudillos federales, Felipe Varela, el Chacho Vicente Peñaloza, Ricardo López Jordán.
Mitre terminó la obra que Buenos Aires no pudo concretar décadas antes en el Paraguay y mató al 70 por ciento de los paraguayos en una guerra intencionalmente genocida, entre ellos a todos los varones de más de 10 años.
En 1930 hubo una nueva vuelta de tuerca: un golpe de estado filofascista decidió quitarles a las provincias una de sus atribuciones no delegadas, las impositivas, y creó la DGI para cobrar impuestos y coparticipar. Ya no cobrarían impuestos las provincias para sostener a la nación, que no es nada fuera de la suma de las provincias. En adelante, la Nación, esa entelequia que sirve para expresar interés del Puerto, distribuiría a su antojo, ya que Buenos Aires nunca quiso soltar la llave del dinero.
La opresión que fue militar después de Pavón sería predominantemente económica desde Uriburu y Justo, gobernantes de la década infame. El dinero fue usurpado por Buenos Aires que lo distribuye desde entonces según su conveniencia.
Redacción AIM

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