18 julio, 2024 5:45 pm
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La espiritualidad cívica argentina y el voto

No fue sino con grandes sacrificios y a costa de sangre derramada –tanto con valor en las gestas patrias, como con horror en los capítulos fratricidas más repudiables de nuestra historia, que nos costó tantos desencuentros y frustraciones– que se pudo reconocer la democracia en la Argentina como la expresión más plena de nuestro respeto por la Nación.

 

 

 

Reconocido nuestro derecho a votar como práctica espiritual de nuestra ciudadanía, se hace necesaria una primera reflexión sobre el grado de conciencia con el cual lo ejercemos. Aquí el eje de la cuestión ya no está en la probidad e idoneidad de los representantes que se postulan para ser electos, sino más bien en la conciencia de quienes tienen que elegirlos. Para un ciudadano comprometido con el voto, hay una pregunta previa a una elección que es la de la propia convicción. ¿Cómo elaboramos, en la propia conciencia, nuestros votos? ¿En qué ámbito y con qué interlocutores se despliega la conversación mediante la cual lo decidimos? Más allá de la charla con amigos, con parientes, con colegas de trabajo o de estudio, hay una serie de factores que intervienen en forma decisiva en esa elaboración, tales como nuestra simpatía o militancia política, nuestra postura al evaluar las prioridades de las medidas que se deben tomar y que puedan afectar nuestra vida. Otra de las claves que definen nuestro pensamiento en el momento de resolver a quién damos el voto es la forma en que separamos lo público de lo privado, qué me gustaría para mí mismo y qué puede gustar a los otros  y que no, necesariamente, coincide con mis deseos más íntimos. Y finalmente, si soy capaz de resignar algunos intereses personales en beneficios de intereses generales.

Tal vez porque históricamente la pobreza institucional de la República le quitó al voto su alto contenido de participación en la construcción del destino político de la Argentina, pocas veces se considera trascendente el acto de votar. El voto, como ejercicio de la conciencia individual, implica que uno miso es el que se ofrenda en el momento de sufragar. Es hacer votos de brindarse al bien común. (…)

Nada sucede, en relación a lo que no se cumple en la sociedad argentina, que no encuentre su origen en esta falta ciudadana de no sostener el voto como si fuese –como en verdad lo es– la propia palabra empeñada, transformada en Ley. No es culpa de nuestros representantes –honestos o corruptos– ni tampoco del débil sistema de partidos políticos, ni menos aún de razones exógenas, elucubradas vaya a saber en qué siniestros lugares del mundo, el hecho de que nuestra cultura política no sea otra que la proyección de un fenómeno que, lamentablemente, inaugura un camino sin llegada: los argentinos no sostenemos nuestros votos.

La crisis de valores, en cuanto espiritualidad cívica, puede centrarse en este quiebre casi inmediato de no sostener la palabra en la acción. (…).

El voto del individuo es la célula madre, el embrión del que puede nacer una Argentina diferente, más justa, más previsible y más apegada al espíritu de las leyes. El futuro de todos se inaugura en la conciencia de cada uno. (…).

A la pregunta de por qué o por quién se vota en la Argentina, las respuestas inmediatamente nos remiten a las elecciones y a los candidatos que participan en ellas. Pero una cultura cívica más profunda debiera mostrarse más interesada en desentrañar los diferentes valores que están en juego. Las elecciones, en última instancia, no son para optar entre distintos candidatos sino entre distintas opciones. De acuerdo con la perspectiva espiritual que proponemos, centrada en el individuo que no solo piensa en sí mismo sino en todos, las elecciones constituyen una inmejorable ocasión para entender, en la práctica, el principio enunciado de que no se trata de elegir entre candidatos sino actitudes. Propuestas en valores, virtudes en acciones.

La piedra angular de la espiritualidad cívica es, justamente, ser firmes y sabios en nuestra elección de valores a la hora de actuar. Ese voto de conciencia nos enseña que somos nosotros mismos, los candidatos que pueden llevar a cabo la transformación que siempre esperamos hagan otros.

Rabino Sergio Bergman

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