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4 diciembre, 2025 8:43 pm
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Lágrimas por Haití


El martes 12 de enero de 2010 por la tarde un terremoto devastó la ciudad capital de Haití. Murieron más de 220.000 personas y hubo cerca de 350.000 heridos, muchos de los cuales conservan las huellas de lastimaduras importantes o han debido amputarse algún miembro del cuerpo.

Cientos de miles aún están viviendo en carpas, esperando una solución para la pérdida de su vivienda.
Cierto es que la ayuda humanitaria no se hizo esperar. Varios organismos oficiales y ONGs se pusieron en campaña y al día de hoy continúan desarrollando programas de asistencia. Pero cuando la necesidad es tan grande todo lo que se haga resulta insuficiente.
Los testigos del horror experimentado siguen sin encontrar palabras para sus relatos. En estos días me puse a mirar imágenes en Internet y volvía a conmoverme ante la destrucción, la miseria, la enfermedad, la muerte.
En medio de tanto dolor emerge lo mejor o lo peor del corazón humano. Aún hoy hay muchos voluntarios que dan una mano, acompañan, consuelan. Algunos en las calles, otros en diversas ciudades del mundo recolectando dinero, alimentos, medicinas. Otros —que los hay también— quieren sacar dinero de la miseria y organizan redes de robos de niños, trata de adolescentes para prostíbulos en otros lugares del planeta, o simplemente abusan de los pobres de las maneras más grotescas e inescrupulosas.
Al horror del terremoto se suma el salvajismo de bajos seres humanos que no respetan dignidad alguna. Personajes nefastos que operan como aves de rapiña.
A esto se suma la debilidad institucional y los graves hechos de corrupción que son un nuevo insulto a los pobres y excluidos. No es fácil sobrevivir en las calles de Puerto Príncipe.
Hablando con algunos amigos, me decían que estas situaciones los cuestiona en la fe. Y no es la primera vez que lo escucho y que yo mismo lo he sentido. Son experiencias en las cuales surgen muchos interrogantes: ¿Y Dios? ¿Dónde está? ¿Es todopoderoso? Y podemos seguir la lista de preguntas.
La duda o el cuestionamiento no son contrapuestos a la fe. A veces nos ayudan a madurarla. Muchos santos se enfrentaron con sufrimientos fuertes, y nos hablan de la oscuridad de la fe, de caminar en la noche…
El pueblo de Israel atravesó momentos de prueba que lo hacía clamar a Dios por ayuda, o confiarle la angustia. Les transcribo unos párrafos del Salmo 44:
“¡Y todo esto nos ha sobrevenido
sin que nos hayamos olvidado de ti,
sin que hayamos traicionado tu alianza!
Nuestro corazón no se volvió atrás
ni nuestros pasos se desviaron de tu senda,
como para que nos aplastaras en un lugar desierto
y nos cubrieras de tinieblas.
¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?
¡Levántate, no nos rechaces para siempre!
¿Por qué ocultas tu rostro
y te olvidas de nuestra desgracia y opresión?
Estamos hundidos en el polvo,
nuestro cuerpo está pegado a la tierra.
¡Levántate, ven a socorrernos;
líbranos por tu misericordia!”.
Volviendo al sufrimiento en Haití, los entierros de los muertos en fosas comunes y anónimas ni siquiera ha permitido guardar sus nombres para el recuerdo. Aunque nos parezca enfrentar muchas veces el silencio de Dios, confiamos que ellos están en su corazón de Padre.
Yo tengo una certeza: ni la muerte ni el mal tendrán la última palabra de la historia.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social