El orden se sostiene por tres fuerzas: la ley, la autoridad y la justicia, cada una con su sentido, cuyo cumplimiento estricto es indispensable. Si alguna de éstas no cumple, el orden se desmorona. La ley es la fuerza que establece el orden de paz y progreso en la convivencia entre los individuos de una comunidad, la autoridad es la fuerza que lo impone, y la justicia es la fuerza que arbitra y garantiza que así sea. Este es el sistema adoptado por la Humanidad para regir la convivencia entre sus individuos y su progreso.
En este sistema, cada fuerza debe ser administrada de forma responsable, con compromiso y un estricto concepto de comunidad, pues se trata de un triple equilibrio de deberes que sostiene la vida de la humanidad en libertad. Dentro de este sistema, cae sobre los hombros de la justicia el velar porque ninguna de las tres fuerzas se corrompa, pues si así ocurre, se derrumba el orden, se violenta la convivencia y se detiene el desarrollo.
En síntesis, si la justicia se corrompe y deja de cumplir con su deber, el sentido de su fuerza se desvía y la reemplaza la injusticia. Ésto hace que se rompa el equilibrio y que las fuerzas de la ley y la autoridad pierdan su sentido, y perviertan sus deberes.
En otras palabras, en ese escenario, la justicia desaparece, la autoridad pierde el respeto y la ley se vuelve discutible, provocando que se rompa el orden y éste se vuelva desorden, alterando las libertades. Ésto termina con los derechos, altera la paz, detiene el progreso, instala el miedo, e impone el caos y la violencia en todas sus formas y variantes.
Un estado de pasiva degradación que promueve primero la incertidumbre, luego la frustración, y después el miedo, el cual, muy disimuladamente, se vuelve terror, imponiendo la desesperanza, mientras el tiempo lleva a naturalizar la impotencia en una nefasta espiral de degradación.
Dicen que en los ríos revueltos la ganancia es de los pescadores, razón por la cual el desafío en la vida se vuelve ser pescado o pescador, en un desesperado sálvese quien pueda. En este contexto, las libertades se ven coartadas, la paz alterada, la calidad de vida de la mayoría vulnerada, y el proceso de civilización se revierte hacia la barbarie.
En definitiva, el origen del caos está en la corrupción de la justicia, y restaurar su integridad es para la sociedad una cuestión de vida o muerte. Pero este desafío exige primero visibilizar todo este sistema, y sus engranajes, comprobando el grado de corrupción que lo afecta, y, luego, hacer algo al respecto.
Norman Robson para Gualeguay21


















