20 julio, 2024 9:42 pm
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Luján y Roma, capitales de la fe

Desde hace siglos fue creciendo la devoción a la Virgen de Luján. En el año 1630 se produjo el milagro: una pequeña imagen de la Virgen María —la que actualmente se venera en la Basílica— hizo la diferencia para que una carreta pudiera desplazarse o no.

De esa manera Dios mostraba que quería dejar entre nosotros una muestra del amor que nos tiene. Y la carreta se quedó en Luján.

 

 

 

Durante este fin de semana cientos de miles de jóvenes (y otros de diversas edades) peregrinan al Santuario de Luján. Expresan así el amor a la Madre de Dios y Madre nuestra. Es una manifestación de fe en Dios que camina junto a su Pueblo. 

Cada año un lema orienta la oración en común. Este año es: “Madre, enséñanos a trabajar por la justicia”.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la justicia “consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido” (CEC 1807). Cuando hay algún crimen, espontáneamente se organizan movilizaciones de familiares y vecinos de las víctimas para reclamar y exigir justicia. El pedido surge también —muchas veces con enojos— cuando los juicios son lentos o nunca terminan. Un sacerdote capellán de cárceles suele repetir una frase de monseñor Óscar Romero: “La justicia es como la serpiente, muerde a los descalzos”. De esta manera denuncia que en la cárcel están los más pobres y que el hilo siempre se corta por lo más delgado. Los llamados “delincuentes de guante blanco” es difícil que sean atrapados.

Necesitamos crecer en el compromiso por el bien común, privilegiando especialmente a los más pobres y desprotegidos.

Muchas son las intenciones que cientos de miles de peregrinos llevamos cada año a Luján.

Yo mismo estuve hace pocas semanas a los pies de la Virgen en Luján pidiendo por el Sínodo que hoy está comenzando en Roma, la Asamblea diocesana, las vocaciones, los sacerdotes, las familias…

En este momento estoy en el Vaticano participando de las celebraciones que dan comienzo al Sínodo. Es un encuentro de obispos de todo el mundo —seremos unos 300— que, junto al Santo Padre, nos dedicaremos a analizar y elaborar propuestas acerca de un tema que él nos pide: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. De la Argentina hemos viajado 4 obispos. Durante 3 semanas rezaremos juntos, escucharemos experiencias y reflexiones, y en diversos grupos elaboraremos propuestas que serán presentadas a la Asamblea sinodal.

Nos mueve el deseo de ser fieles a Dios en este tiempo concreto que vivimos. Él nos ama de verdad, y queremos ver de qué manera se puede anunciar esta verdad perenne de manera renovada. Hay nuevos desafíos para la Iglesia, nuevos escenarios para anunciar la Buena Noticia de Jesús.

Los que participamos del Sínodo somos hombres de fe. Creemos en Dios y en su Palabra. La preparación de este último tiempo consistió en estudiar y rezar más. He pedido al Señor nos haga dóciles al Espíritu Santo, capaces para ver su presencia en nuestro tiempo.

También somos hombres pecadores, limitados, necesitados de conversión. Por eso es muy importante que toda la Iglesia nos acompañe y sostenga con su oración.

El Sínodo de los obispos es una manera de expresar comunión y colegialidad. Los sucesores de los Apóstoles con el sucesor de Pedro queremos reafirmar nuestro compromiso con el mandato de Jesús: vayan por todo el mundo llevando la Buena Noticia del Reino.

En estos días —el 11 de octubre— comienza también el “Año de la fe” que el Papa ha convocado. Será un hermoso tiempo dedicado a revisar nuestra fe como adhesión vital a Jesucristo.

Hoy, domingo 7 de octubre se conmemora la fiesta de la Virgen Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la Diócesis de Gualeguaychú. Recemos a nuestra Madre para que abramos las puertas del corazón al don de la fe. Yo también rezo por ustedes y les envío mi bendición.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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