Ayer por la mañana, un muchacho de 30 años se quitó la vida, y a otro, de 70, lo encontraron por la tarde después de unos días muerto. No conocí a ninguno de ellos más allá del saludo ocasional, así que no puedo imaginar sus motivos, de los cuales, igual, soy muy respetuoso. Pero me resulta imposible evitar reflexionar sobre aquello que los llevó a dejar de vivir, y concluyo que la respuesta quedó acá abajo, no se fue con ellos. Por algo se rindieron, por un algo que ellos no pudieron resolver.
Sin dudas, en ese algo estamos fallando como comunidad para que sean cada vez más frecuentes los suicidios. Si eligieron irse y no quedarse, en parte somos responsables los que quedamos, porque no supimos interpretar sus señales, los indicios, las luces amarillas o rojas. No vimos ese algo, ni nadie nos enseñó a verlo.
Sin iniciar un debate ideológico, frente a ese algo que le falta al potencial suicida es indispensable que el Estado esté presente arbitrando lo necesario para que ese algo no les falte. No un teléfono de atención, ni un subsidio, menos discursos vacíos, sino, tal vez, una promoviendo una educación emocional que nos permita a todos detectar ese algo, sea a través de campañas, de leyes y de políticas públicas en ese sentido.
En síntesis, se trata de algo urgente.
Norman Robson para Gualeguay21


















