18 julio, 2024 5:40 pm
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De chochonas, pitos y sus consecuencias

En la mañana de hoy me encontré con un matrimonio amigo y, hablando de chochonas y pitos, compatió conmigo su conmovedora historia sobre su experiencia, y los conceptos y visiones que está les dejó, todo lo cual merece ser conocido. 

Fue en los 80. Llevaban de novios un par de años y decidieron unir sus destinos. Se casaron, como Dios manda según la abuela de él, y de luna de miel se fueron a Mar del Plata.

Al volver, ambos se reintegraron a sus laburos, y, a las pocas semanas, supieron que ella estaba embarazada. La noticia, aunque no les sobraba nada, fue celebrada por los dos, sus familias y sus amigos.

Pero la alegría duró poco: los resultados del examen anual que le hacen a todos los empleados, donde ella trabajaba, decían que adolecía de una enfermedad que amenazaba seriamente su vida.

Consternados, asustados, ambos se plantearon el recurso de un aborto, y a evaluar las alternativas a su alcance que aseguraran un buen resultado.

Sus noches de hicieron largas, tortuosas, y en todas se durmieron llorando, abrazados. Sus días se hicieron eternos, los dos atragantados, sin poder compartir con nadie la decisión que tenían que tomar. Así fue hasta que decidieron que interrumpirían el embarazo, y que lo intentarían nuevamente cuando ella se curara, si se curaba.

Él se ocupó de encontrar el buen lugar y, cuando encontró algo aceptable, le dieron turno para el otro viernes. Los días pasaron igual que los anteriores, ahogados en público y desahogándose en la intimidad.

El viernes llegó y, justo cuando estaban saliendo hacia la clínica trucha, sonó el teléfono. Él atendió y era para ella, del laburo. Una empleada de personal quería hablar con ella. Al atender, e ir escuchando lo que le decían del otro lado de la línea, la cara de ella pasó de incertidumbre a sorpresa y de sorpresa a eufórica alegría. Él no entendía nada.

Al colgar, ella corrió a abrazarlo. Los análisis habían salido equivocados. Ella no estaba enferma, sino totalmente sana y embarazada.

Hoy, más de tres décadas después, aquello es sólo una hermosa anécdota y el fruto una hermosa joven que, entre tantas alegrías, les ha dado dos nietos.

Hoy, finalmente, esta pareja ve el debate del aborto como algo que deseaba desde lo más profundo y que la sociedad tenía pendiente desde hace muchos años, pero cada uno desde posiciones diferentes.

Mientras uno comulga con la despenalización, el otro se vuelca por la no despenalización, pero los dos coinciden en rechazar los argumentos extremistas de los bandos que hoy apoyan una y otra alternativa.

Uno cree que debe existir la alternativa de interrupción legal y sana para las madres que no pueden afrontar ese trámite, sea por razones de salud como por cuestiones de edad, económicas o culturales, mientras que el otro cree que no debe existir esa alternativa por que se profundizaría la pérdida de valores en la sociedad, la cual ya es grave.

Pero los dos creen que quienes se identifican con los pañuelos verdes son fundamentalistas que adoptaron una pose tan caprichosa como equivocada, en la cual ponen a la mujer por sobre el hombre, lo mismo que supuestamente condenaban de los hombres, con la diferencia de que, en este caso, solo ellas cuentan y el hombre es solo un híbrido proveedor de semen.

Los dos, también, creen que aquellos de los pañuelos azules son fanáticas y fanáticos que adoptaron esa pose “en el nombre del Señor”, rajándose las vestiduras, solo para congraciarse con Dios y garantizarse un lugar en el cielo, pero que nada les preocupan las consecuencias de ese embarazo, ni, mucho menos, les importa la calidad de vida que le espera al producto del mismo.

Creen que éstas niegan las miserias propias del ser humano que hoy imperan en la realidad, mientras que las otras desprecian totalmente los afectos y el amor que podrían erradicar aquellas miserias, a la vez que todas, azules y verdes, desprecian al hombre como sujeto de derecho interesado en cualquier decisión que se tome al respecto.

Por otro lado, los dos creen, más allá del permiso o no que establezca la ley, que para cualquier embarazo hacen falta dos personas, uno de cada género, razón por la cual, de todo embarazo, hay solo dos responsables, que son los benditos padres, lo cual establece que nadie, salvo ellos dos, juntos, pueden decidir al respecto, algo que sí debería ser exigido por la ley.

Finalmente, los dos, siempre juntos, lamentaron, amargamente, que unos y otros sólo contribuyeron a bastardear un tan postergado debate, terriblemente necesario para la sociedad, sólo por un vedetismo mezquino que no conducirá a nada valioso.

Por lo tanto, al cabo de conocer todo esto, se me ocurrió que una buena solución política podría ser suspender esta discusión hasta que podamos tenerla de forma sana y madura, y, mientras tanto, aparte de repartir preservativos y anticonceptivos gratis, repartir también muñecas inflables y consoladores, promoviendo la masturbación como un método sano de satisfacción que no atenta contra la vida de nadie.

El día que nos podamos hacer cargo, volveremos sobre el tema.

Norman Robson para Gualeguay21

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