Dignidad por sorteo

Es que me imaginé una postal de humor negro moderno donde, ya bien dentro del Siglo XXI, en el segundo Milenio, solo quien es bendecido por el azar, la suerte, accede a una calidad de vida digna.
Realmente es tan triste como insólitamente gracioso que esto ocurra, y más aún bajo un régimen político que se embandera en la inclusión, la justicia social y una más justa redistribución de la riqueza.
Entonces fui más allá y me imaginé un sistema donde, por la extrema incompetencia del Estado, todo, pero todo, sea por sorteo, salvo, claro, que haya buen dinero de por medio para pagarlo.
O sea, una concepción de la inclusión regida por un programa de Números para Todos y Todas, donde todos y todas, siempre pobres, pueden participar del Gran Sorteo de la Dignidad con las últimas tres cifras de su DNI.
A través de este programa, estos excluidos, los más vulnerables, por ejemplo, cuando llaman pidiendo una ambulancia o un patrullero, el que los atiende les pediría las últimas tres cifras del DNI y, si salieran sorteados, accederían a la emergencia.
Lo mismo puede aplicarse tanto para la atención médica como para la provisión de medicamentos, aunque no estoy seguro de que, actualmente, el sistema sea muy distinto.
Igualemente, en este contexto, no sería descabellado imaginar a un paciente con una peritonitis aguda o con un joven accidentado en moto en la Admisión del hospital esperando el resultado de su sorteo.
De igual modo, la Justicia y la Policía podrán atender una denuncia de abuso, robo u homicidio, y la escuela podrá otorgar los bancos para cada ciclo lectivo.
Ni hablar a la hora de brindar la asistencia social por alguna emergencia, imagino al Ministerio proveyendo terminales portables donde los damnificados podrán participar del sorteo antes de recibir alguna chapa, agua mineral, un colchón o una caja de leche en polvo.
Si bien esto es una desagradable exageración, la realidad actual de las políticas sociales deficitarias, junto con la creciente exclusión, marcan una inescrupulosa tendencia hacia la indiferencia y el desprecio por los sectores marginales.
Parece inverosímil que cuando la política moderna apunta a un bienestar general con una elevada calidad de vida sin exclusiones, un gobierno disfrazado de justicialismo social esgrima un altisonante discurso populista para encubrir o disimilar su modelo oligárquico y sectario donde solo se incluye al pueblo por sorteo.
Norman Robson para Gualeguay21

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