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El desafío económico, sin hipocresías

En el país donde hay tantos economistas como personas, y donde cada uno esgrime su teoría, muchos olvidan las premisas básicas de la economía y concluyen en opciones que significan más de lo mismo, y no el final que otros tantos pretenden para nuestra triste realidad histórica.

La Argentina lleva muchas décadas debatiéndose entre mágicas fórmulas de resucitación que nunca funcionaron, sino que solo permitieron a los genios de turno sostenerse un poco más en el poder. Y robar un poquito más, también.
Muchas décadas pasaron sin que nadie se atreviera a hacer lo que había que hacer: salir a recuperar la economía asumiendo el costo político que esto demandaba. Siempre se recurrió a cosméticas dilatorias de la realidad que, convenientemente, explotarían en el gobierno siguiente. Así lo demuestra la historia.
Ahora bien, a la hora de pensar la economía frente a los múltiples planteos que hoy copan los medios, debemos recordar algunas premisas indiscutibles, las cuales nada tienen que ver con ideologías, menos con caprichos solo funcionales a sostener una discusión.
En este sentido, vale recordar que la economía es el mecanismo por el cual un país traduce sus riquezas en calidad de vida para sus ciudadanos, lo cual significa que cualquier modelo económico debe ser ideado a partir de la generación de riquezas. No hay otra.
Del mismo modo, si la generación de riquezas sólo puede resultar de la producción genuina de bienes y servicios, cualquier modelo económico, para desarrollar la calidad de vida de su gente, debe concebir la producción como central y primordial. No hay otra.
Por último, para completar el concepto, si la producción solo puede resultar del trabajo y la inversión, cualquier pretensión de desarrollo de la producción debe partir del fomento del empleo y de la seducción de los capitales necesarios. No hay otra.
O sea, cualquier pretensión de desarrollo económico, y la consecuente mejora de la calidad de vida, debe partir de un modelo donde se impulse la inversión en producción y se priorice la oferta de mano de obra. No hay otra.
En definitiva, solo habrá desarrollo y calidad de vida a partir de un modelo donde la producción per cápita supere al gasto per cápita. Nunca al revés.
Por lo tanto, cuando una sociedad enfrenta un escenario de recesión, sin reservas, con grandes gastos, la recuperación de su economía sólo puede darse, de forma seria y sustentable, a partir del desarrollo de la producción, invirtiendo capitales y generando empleo. No hay otra.
En este contexto, la Argentina ha comprobado que, si se recurre a la emisión de billetes, a las devaluaciones, a los subsidios, a la financiación subsidiada, a los precios cuidados, o a cualquier otra receta mágica, solo se disimula transitoriamente la realidad y solo se posponen, y se agravan, los inevitables impactos. Ya lo vimos. Ya lo sufrimos, y no una sola vez.
Por eso, luego de abusar por décadas de disimular su realidad y de postergar las medidas que podrían revertir su situación, la Argentina ha llegado a un punto donde aquellos recursos ya no surten efecto y las medidas traumáticas son inevitables. Esto provocó que su recesión se enquiste en su cultura condenando a la sociedad a una crisis crónica y a la perpetua degradación de su calidad de vida. Lo estamos viviendo.
Hoy vivimos una sociedad egoísta acostumbrada a que el Estado nos de soluciones mágicas al presente, indiferentes al pasado y al futuro, a la matemática y a la física, indiferentes a todo lo que debe primar en las decisiones de Estado. Y que, lo que es peor, parece que queremos seguir así.
Entonces, para salir de esta realidad de larga data, la cual ya es indisimulable, no hay otra forma que someternos a un intenso y sacrificado proceso donde se recupere la inversión y se restaure el trabajo como únicos medios de desarrollo, para luego recomponer todas y cada una de las actividades. No veo otra salida.
Este proceso significa un cambio de modelo hacia uno de mejora, donde volvamos a creer en el trabajo, donde recuperemos la filosofía de que cada uno debe producir, por lo menos, lo que consume, algo que hace mucho que muchos no hacen. Nadie debe consumir más de lo que produce.
Un proceso de cambio donde recordemos que tenemos tantos derechos como deberes y obligaciones, y donde estos últimos se cumplen, no se discuten.
Un proceso que no va a ser fácil, sino que va a ser muy difícil para aquellos más vulnerables, en quienes el Estado debe enfocar toda su atención, asegurándose que sobrevivan a este proceso de la mejor manera posible.
Los modelos en que se dilataban los impactos negativos hoy ya no funcionan, ni siquiera para los más débiles, pues ya no hay resto interno ni panacea externa que los financien, razón por la cual aquellos sectores vulnerables sufrirían igualmente las consecuencias, y, conforme pase el tiempo, peor les sería.
Por lo tanto, hoy no queda otra que adecuarnos y adaptarnos a un modelo de ajuste donde se busque rescatar la cultura del trabajo en favor de un escenario atractivo a la inversión, para, a partir de allí, proyectar estratégicamente el desarrollo del territorio y la mejora de la calidad de vida de toda la sociedad. Un modelo de trabajar más y gastar menos. No hay otra.
Solo hay que velar por la inclusión del modelo, de forma de que los sectores más vulnerables no resulten víctimas del mismo, sino tan beneficiados como todos los argentinos.
Este proceso de esfuerzo y sacrificio es el desafío de hoy, pero no solo del Gobierno, sino de cada uno de los argentinos, si realmente queremos recuperar un país digno para nuestros hijos y nietos. Y, sino, sigamos en la estupidez que nos hace el hazmerreir del mundo entero, pero no en nombre de los pobres, porque ellos siempre fueron las primeras víctimas de los agotados modelos anteriores. No seamos hipócritas.
Norman Robson para Gualeguay21

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