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Gualeguay: Cómo se desata y cuanto cuesta la violencia en un barrio marginado

Como los montescos y los capulettos en el clásico de Shakespeare, pero sin romeos ni julietas, solo droga, alcohol y desmadre. Un barrio denso y populoso en una típica madrugada de domingo. Un hijo pródigo que volvió a casa después de purgar su condena, pero trajo consigo todos sus viejos rencores. Éstos se liberan con los excesos y comienzan los tiros contra la banda que alguna vez lo traicionó. Al salir el sol, el saldo fue de varios detenidos, varios policías y otros tantos vecinos lastimados, y una joven que perdió un ojo, más los daños materiales de siempre. Los hechos.

Noche de sábado a domingo. El 911 recibe sendos llamados desde el barrio 80 viviendas advirtiendo sobre disparos. Cada vez que llega la patrulla, reina el silencio. Por último, uno de los llamados advierte que el tirador es un ex vecino, un joven que, días antes, salió de  la cárcel. Llegan al lugar dos móviles, uno del 911 y el otro del Grupo Táctico. Lo buscan. Ellos mismos escuchan los tiros. Es una 22. El barrio está despierto, muchos en la calle. Los dos bandos están bien diferenciados. Son unos 30 de cada lado, entre jóvenes y menores.

Siguen buscando. Van para allá, vuelven, y nada. Siguen escuchando tiros, parece la misma 22. De la central avisan de una casa incendiada con una molotov. Fueron los de una de las bandas. Deciden dejar los móviles en la esquina, y entrar al barrio a pie. Son solo ocho, bien pertrechados. Dos escopetas con postas de gama. 

En la calle, las dos bandas se enfrentan a piedras, gomerazos y algunos tiros. El grupo impone autoridad y les ordena replegarse. Se resisten, vuelan pedazos de escombro. La horda avanza contra la policía. Unas postas de goma los contienen. Unas de las bandas decide obedecer y replegarse. Se retiran y algunos quedan observando de lejos, en la esquina.

Los otros se agrandan y avanzan contra la policía. Un funcionario desvía una molotov, los vidrios le abren el brazo. Otro recibe un gomerazo en el cuello. Ladrillos y escombros estallan en el piso. Solo las postas de goma los mantienen a raya. Dos renegados llegan hasta metros de los policías. Son el de la casa incendiada y el ex preso. Uno esgrime un machete de hoja larga, el otro desenfunda la 22. Gatilla pero no sale. Las armas largas responden con goma. Ellos logran escabullirse.

Los dos efectivos con escopeta los persiguen. Los sujetos se meten en una casa, y, atrás de ellos, entran los policías. Los reducen. Ya tiraron el machete y el revolver en el pasillo. Afuera, los otros seis, ya sin las armas largas, los mantienen a raya a punta de pistola. Los dos efectivos quieren llevar sus detenidos al móvil, pero no pueden abandonar la escena con las armas. Los que están afuera no pueden dejar de apuntarles. Angustia e indecisión.

En ese momento, como la caballería en las películas de cowboys, llegan un móvil de la Comisaría Segunda y otro con los muchachos de Investigaciones. Ya hay quien preserve la casa para cumplir con las normas del caso. La horda se tranquiliza y retrocede. Dos se llevan los detenidos hasta donde dejaron los móviles. Los otros seis caminan marcha atrás, sin bajar las armas, y sin perder de vista a los vándalos.

Los policías lastimados son atendidos en Jefatura. Los renegados son curados en sus aguantaderos. Una joven es llevada al hospital con un ojo en muy mal estado por el supuesto impacto de una posta de goma. Más tarde se sabría que lo había perdido.

El sol se asoma. Las bandas se recluyen rápido en sus cuevas. El barrio vuelve a ser eso, un barrio. Un despertador suena igual, indiferente a los disturbios de la noche. Alguien debe irse a trabajar, sin importar lo que haya pasado. Más tarde, cientos de gurises, los legítimos dueños del barrio, juegan en sus calles.

Norman Robson para Gualeguay21

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