Otra vez se incendió el rancho mientras los buenos y los malos se pelean por las cenizas

Por más que despotriquemos contra la meritocracia, y odiemos a los que saben, las emergencias exigen soluciones de la mano de los más calificados, sin obsecuencias, ni pertenencias políticas. Si tenés la casa incendiada, no debes abrir la llave del gas, ni tratar de apagarlo con gasoil, menos cuando escasea. Tampoco se recomienda echarle soda con un sifón. En esos casos se debe llamar a los bomberos y, por las dudas, pedir que haya una ambulancia en la puerta. Son los que saben lo que hay que hacer.

Si bien nuestra historia económica no habla bien de nuestros bomberos, ni de nuestras ambulancias, lo cierto es que tenemos unos cuantos de una y otra clase que podrían hacer su mejor intento. Cualquiera de estos sería mejor que la mucama de mamá, que, encima, va a cumplir todos sus caprichos, solo para contradecirlo a papá. Menos cuando la empleada ya adelantó que va a gastar más y que va a hacer lo posible para que nos ingrese menos. O sea, ya advirtió que le va a echar más leña al fuego.

A lo largo de mi vida vi muchos incendios, de los chiquitos, de los medianos, y de los grandes, y siempre vi como, aunque a un gran costo, llegaba la caballería con sus matafuegos y mangueras, y, de alguna forma, lo apagaba. El siniestro del 2001 fue unos de los más grandes, con un saldo luctuoso de muertos y heridos, pero, a diferencia de aquel, esta vez no hay quien ponga el helicóptero para evacuar el rancho, ni quien lo maneje. Pasa que, históricamente, en los incendios, siempre se quemaron los buenos, mientras que los malos estaban afuera soplando, y atizándolo, para después mandarles el helicóptero de rescate.

Esta vez, se les incendia el rancho a los malos, a los que siempre supieron apagar el incendio para cobrarse el seguro. Esta vez, afuera están los buenos, y, como no lo soplaron, ni lo atizaron, el fuego avanzó lento, pero firme, y, ni unos ni otros saben, ni tienen, con qué apagarlo. Es por esto que, esta vez, la situación me asusta más que antes. 

Vale recordar que ni los buenos, ni los.malos, son extraterrestres que cayeron del cielo, sino que fueron erigidos todos y cada uno por todos y cada uno de nosotros, sin excepciones. Esto es así, aunque esgrimamos elocuentes excusas y culpas  

En definitiva, con la institucionalidad en llamas, a los vecinos de a pié solo nos queda refugiarnos en la silenciosa y fría oscuridad de algún hueco, donde esperar, quietos y rezando, que alguna tormenta generosa acabe con el espanto, y, al final, salir a ver qué dejó el desastre entre las cenizas. Ojalá que esta vez aprendamos a cuidar nuestra casa y a no dejarla en manos de cualquier bueno o malo que nos guiñe un ojo y nos de una palmada en la espalda. No es difícil, solo hay que comprometerse y ocuparse más. Ah, y hablar menos.

Norman Robson para Gualeguay21

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