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Petiseros: De Entre Ríos al glamour del hemisferio norte

Más allá de las definiciones, una profesión tiene el rédito de años de dedicación al estudio, pero un oficio vale tanto por la técnica que solo es fruto de la experiencia, como por el arte que solo florece con la pasión. En ese universo se destacan aquellos paisanos que pusieron su pasión por el caballo al servicio del polo: los petiseros. El sur de Entre Ríos ha dado a luz varias generaciones de estos hombres cuya pericia los llevó a recorrer el mundo: Europa, Estados Unidos, y hasta Medio Oriente.

Cada año, desde la década de 1990, muchos paisanos dejan su querencia y se suben a un avión rumbo a algún centro de polo en el hemisferio norte. Son jóvenes de campo, criados de a caballo, que aprendieron a montar antes que a caminar, y se hicieron diestros jinetes antes que hombres. Muchachos que, de repente, dejaron la siesta de chicharras entrerrianas y aparecieron en Londres, Marsella, Idaho o Dubai.

La caballada está lista a la sombra de los palenques, la cancha de La Trinchera los espera. Celso fue de los primeros en animarse a la aventura de ser petisero del otro lado del mundo, Inglaterra, España, Francia y Dubai, y trabajó por allá unos 20 años. Rodrigo fue después, y estuvo en Francia una década. Hoy los dos están retirados, pero hoy los junta está práctica.

Fernando y Cristian están de vacaciones por acá, como todos los años a esta altura. Hoy van a taquear un rato, para mantenerse en forma. El primero está trabajando en Idaho, Estados Unidos, mientras el segundo lo hace en Inglaterra y Francia.

Todos ellos describen en primera persona de qué se trata ser petisero por allá. Cuentan que el polo, en el hemisferio norte, se desarrolla en grandes clubes, en los cuales hay una decena de canchas y caballerizas para cientos de montas. Allí trabajan, haciendo lo que mejor saben hacer: asistir a los equipos de polo en general, y a la caballada en particular, siempre al servicio de algún magnate local.

Tanto allá como acá, los polistas se llevan la fama y los laureles, lucen sus goles y ostentan sus copas, pero detrás de todo gran equipo también debe haber buenos caballos y mejores petiseros. Un jugador puede ser extraordinario, pero solo sobre el caballo, el cual tiene que estar a su altura: bien entrenado, mejor mantenido, y correctamente preparado. Esa es la responsabilidad del petisero.

En síntesis, un equipo de polo no lo integran cuatro jugadores, ni su performance la determina el handicap de cada uno de éstos. Un equipo lo conforman los jugadores junto con los caballos y los petiseros, pues todos ellos, cada uno haciendo lo suyo, son los que ganan los partidos. En el Norte saben eso, y saben de la simbiosis hombre caballo que caracteriza a nuestra gente.

Mientras ajustan monturas, atan colas y se acomodan las botas, los muchachos comparten sus experiencias. A pesar de estar lejos, y muchas veces sin saber el idioma, cuentan que la pasión por su oficio es mayor, y cumplen con sus tareas como si estuvieran en casa. Todas las mañanas, luego de tomar mate, se dedican a los caballos. Los varean, los bañan, les dan de comer, y comparten las novedades con el veterinario. Durante todo el día están dedicados ciento por ciento a la caballada.

Otra cosa es en competencia. Entonces se concentran en los caballos desde horas antes de los partidos, acondicionándolos para el encuentro. Durante el partido, se dedican a monitorear sus rendimientos chukker a chukker, ordenando los recambios, asegurándose de que las montas brinden lo mejor de ellos, y resolviendo los problemas que surjan. Los petiseros, con solo observar el desempeño de los animales, saben cómo van, cómo se sienten y qué necesitan.

Precisamente esa simbiosis es la que los distingue en el mundo del polo, la cual en ellos ya es natural. En realidad, ellos no saben cuando ni como se convirtieron en petiseros, pues ese vínculo entre ellos y los caballos viene de sus cunas, tal vez de aquel primer contacto cuando aún gateaban y ya los sentaban sobre el lomo de una yegua vieja. Una relación que se afianzó naturalmente con el tiempo, dotando a estos hombres de una sensibilidad única.

Esa es la vida de estos paisanos durante toda la temporada del otro lado de mundo, al final de la cual se vuelven a casa. Pero acá no es todo descanso, sino que algunos se sumarán en breve a la temporada argentina.

Mientras Celso y Rodrigo los observan desde la sombra, Fernando y Cristian salen a la cancha. Otro “picado” entre amigos, de esos que se repiten año a año cuando vienen unas semanas a descansar en familia. Al terminar, nuevamente a la sombra, mientras se refrescan ellos y los caballos, comparten ricas anécdotas de lo vivido por aquellos lares. Pero eso es para otra nota.

Norman Robson para Gualeguay21

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