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Buenas Noticias para las familias


En el corazón humano palpita el deseo del amor perdurable. Con ocasión de haberse celebrado ayer el día de San Valentín, patrono de los enamorados, veíamos varios anuncios que buscaban resaltar la alegría del amor.

El año pasado para esta fecha, el Papa Francisco hizo una hermosa bendición para miles de parejas de novios en los que era evidente su entusiasmo. También en la mayoría de las encuestas se expresa el deseo de la familia; ella es fuente de alegría y estímulo para el desarrollo de las personas en sus diversas edades y etapas.
Dios mismo se hizo hombre en el seno de una familia. Jesús desde niño fue mamando en su casa la vida de la fe, la lengua y cultura de su pueblo. El  primer signo lo realiza en una fiesta de casamiento transformando el agua en vino y a pedido de su mamá.
El proyecto de Dios para el ser humano es de comunión y alegría, no de soledad y tristeza. A veces algunos dudan o se preguntan: “¿es posible amar para siempre?”, “¿somos capaces de un sí definitivo?”.
Nuestra libertad, aun frágil y herida, es capaz de una entrega absoluta y total. Pero necesitamos de la ayuda de la gracia de Dios.
El Sacramento del matrimonio es una bendición de Dios al amor que se tienen los esposos. Es expresión ──signo── del amor de Cristo por su Iglesia. Es también fuente singular de gracia para que los esposos sean mutuamente fieles y vivan  en la alegría de la entrega de uno a otro. El matrimonio es una comunidad de vida y amor.
Desde la fe cristiana afirmamos la primacía de la gracia y la necesidad que tenemos de la ayuda del Espíritu Santo. A veces miramos la vida familiar desligándola de la fe. Como si el único “espacio religioso” fuera ir a misa juntos o la oración personal, y la vida de familia fuera algo solamente “humano”. Y no es así. Por eso a la familia se le llama “Iglesia doméstica” para mostrarnos el valor de la vida cotidiana en la edificación del Cuerpo de Cristo.
En el texto llamado “Lineamenta” que busca recoger aportes para el próximo Sínodo de la familia, se dice que: “El matrimonio cristiano es una vocación que se acoge con una adecuada preparación en un itinerario de fe, con un discernimiento maduro, y no hay que considerarlo sólo como una tradición cultural o una exigencia social o jurídica. Por tanto, es preciso realizar itinerarios que acompañen a la persona y a los esposos de modo que a la comunicación de los contenidos de la fe se una la experiencia de vida ofrecida por toda la comunidad eclesial”. (Lineamenta 36)
La primera preparación al matrimonio comienza en casa, cuando los niños ven a su papá y su mamá expresarse cariño, cuando dialogan y disfrutan de jugar con amigos varias familias juntas. Cuando trabajan y se esfuerzan por el bien de todos. Especialmente en el cuidado a los más débiles.
Debemos acompañar a todas las familias a que puedan vivir en la alegría de la fe. Sabemos también que muchos no pudieron continuar su matrimonio. Fueron abandonados, o circunstancias diversas llevaron a no entenderse o no soportar la convivencia. Unos siguieron solos, otros formaron otra pareja de la cual nacieron nuevos hijos a los que se esfuerzan por educar en la fe.
El Papa nos alienta a la cercanía con toda situación humana. “La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.” (EG 169)
“Por otra parte, tanto los Pastores como todos los fieles que acompañen a sus hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden olvidar lo que con tanta claridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales.» Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas. (EG 44)
Estamos transcurriendo este fin de semana largo de Carnaval, que nos lleva al Miércoles de Cenizas, día en el cual comenzaremos el tiempo de Cuaresma que nos ayudará a prepararnos para la celebración de la Pascua en la próxima Semana Santa. Comencemos a preparar al corazón.
Y gracias a todos los que me hicieron llegar sus saludos por mi cumpleaños.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú.

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