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La última fue la vencida (Un hecho casi real)


Era noche de sábado, madrugada de domingo y, por el bochinche, el Negro no había escuchado sonar el celular. Tres llamadas perdidas de aquel viejo amigo. Un poco tarde para llamar para ver cómo iba del trasplante.

Eran algo más de las seis de la mañana y decidió devolverle el llamado al flaco. Del otro lado una voz dormida lo putea. Había estado esperando el llamado toda la noche.
“Boludo, es ella, está acá, está acá en frente, en la casa del hermano”, le dijo casi en vos baja, como si ella lo pudiera escuchar. “Ya voy, flaco”, solo respondió el Negro, y cortó.
Le alcanzaron un mate, lo tomó sin dejar de mirar la nada. Lo devolvió y dio las gracias. Se levantó y se fue. Apenas se lo escuchó despedirse de los gurises que limpiaban el boliche.
“Definitivamente es la fugitiva más codiciada del país”, pensaba. Se montó en su vieja bici y marchó directo para allá.
La mañana de domingo estaba ya desierta y, al llegar, el Negro prefirió parapetarse primero en una obra en construcción para otear el panorama.
Un casal de caseros se preguntaba en voz alta qué hacía por ahí, mientras que el aroma de la avícola comenzaba a hacerse sentir. Desde ahí, cómodamente sentado sobre un lote de ladrillos huecos, podía observar el frente de la casa sin ser descubierto.
Había movimiento y se veía como que estaban todos, pero necesitaba una confirmación. Al mismo tiempo,
El Jefe estaba de franco y no atendía el celular. Se puteó por la mala leche.
Pasado un rato, y convencido de que así no lograría nada, el Negro se fue para la casa de su amigo, el que lo había llamado, unas casas más allá.
Mientras sostenía la bici golpeó la puerta. Ladraba el perro. Como sin querer, y de reojo, se fijó si alguien lo miraba desde aquella casa.
Aún despeinado y con el mate en la mano, su amigo le abrió la puerta. La pava silbaba sobre la cocina y el aroma a tostadas inundaba el ambiente. Hizo sonar el mate vacío y le cebó uno.
“Fue después de las doce, Negro. Qué se yo”, empezó a contarle. “Escuché una moto, la Cuchi que ladraba, y me asomé. Alguien con un bolso se bajaba de la moto. Un rubio de pelo corto. Boludo, pensé que era un chabón. Pero cuando se dio vuelta para despedir al de la moto, miró para acá, y la vi. Era ella, boludo.”
“Necesitamos confirmarlo, flaco. Hay que meter un gurí adentro que nos traiga la posta”, dijo el Negro, “tenés alguno”, preguntó.
“Si, boludo, si”, dijo su amigo, y salió.
No se tardó. Enseguida volvió con uno de los gurises del vecino, uno que siempre visita la casa.
“Escuchame” le dijo. “Esto es serio y no me podes fallar. La jermu de éste lo guampéa con el tío de tu amigo. Creemos que está ahí ahora, pero necesitamos estar seguros. No me podés fallar. Andá para allá y fíjate que ves. Después le decimos a tu viejo que te llame. ¿Dale?”
El gurisito salió y cruzó la calle casi corriendo rumbo a la sospechosa casa.
“Una hora y lo llamamos”, acordaron el Negro y su amigo.
Trataron de hablar de bueyes perdidos, pero la ansiedad era insoportable. Al celular se le agotaba la batería de tanto prenderlo para ver la hora o para intentar comunicarse con el Jefe. Parecía que el tiempo se arrastraba.
No eran las once cuando el amigo fue a decirle al padre del gurí que lo llamara.
Al ratito nomás, el gurí entró por la puerta. Los dos, ansiosos, esperaban la confirmación.
El silencio fue eterno por un instante. El dueño de casa rompió el hielo.
“Viste a la mina”, le preguntó. “Si, si”, le confirmó el gurí. “Estaba en la pieza, acostada, es una parienta que vino a visitarlos, dijo que le dolía la cabeza”, les contó.
“¿La conocías?”, le preguntaron casi a coro, pero el gurí levantó los hombros, negó con la cabeza y se fue corriendo.
“No tienen parientes afuera, boludo, es ella”, insistió el amigo, pero el Jefe no atendía su celular y el Negro no confiaba en los otros.
Evidentemente era ella, él estaba seguro, confiaba en su amigo, pero…
Hacía cuatro años que la buscaban y la lista de frustraciones era larga. No le iba a resultar nada fácil que le creyeran.
El tiempo corría y se la tenía que jugar. No podía esperar más.
El Negro tomó el celular marcó, se comunicó con la Jefatura, habló con el Subjefe, y le contó todo con lujo de detalles.
Él imaginaba que del otro lado no sabían qué hacer. “Capaz que era algo de su enfermedad”, se imaginaba que se imaginaban.
Quisieron comisionar a uno. Él no quiso. No confiaba en nadie. Le propusieron otro. Ese sí, pero exigió que viniera en un auto desconocido.
El loco llegó enseguida nomás y, apenas después de saludarlo, le preguntó si estaba seguro.
Más allá de la diferencia de edad, ambos se conocían bien. Se respetaban.
“Es ella, boludo”, le dijo. “Yo la vi con mis propios ojos”, le mintió.
“Mirá que ya no nos pelan con más órdenes. Ya no nos creen más. Si le saco una y no es me comen el hígado, boludo”, le explicaba el loco.
“Quedate tranqui, boludo. Es ella. Está ahí adentro, acostadita porque le duele la cabeza”, lo tranquilizó.
El loco habló con el Subjefe por celular y le confirmó la data. Ya organizaban el operativo y se habían puesto en campaña para conseguir la orden.
“Me voy a Jefatura a organizar a los muchachos”, le confió el loco. “Si querés, andá nomás”, lo liberó.
“Ni en pedo, loco, de acá no me voy hasta que no la vea esposada”, aseguró firme. Al Negro no lo movía nadie de ahí, la presa era suya.
Los muchachos se demoraron por la orden, era domingo y feriado, no era fácil.
Las unidades estaban listas, los efectivos pertrechados. Todo estaba listo.
El Subjefe no había escatimado recursos. Les atacaba el pánico de solo pensar que se les volviera a escapar.
A los pocos minutos llegó la orden dando luz verde al operativo. Rodearon rápidamente la manzana. No tenía como escabullirse.
Pero cuando se aprestaban a ingresar alguien alertó que ella se escapaba por atrás.
Gritos. Órdenes. “Por allá”, “por acá”, se escuchaba. “La tengo”, se escuchó a un efectivo. Gritos de ella, protestas de los familiares, perros que ladraban, pero ella ya estaba bien custodiada.
Desde la vereda de enfrente, mate de por medio, el Negro y su amigo disfrutaban el espectacular operativo.
Para el Negro la escena frente a él transcurría en cámara lenta. Bajo el sol del mediodía, el loco introducía a la rea en el patrullero. No volvería a Paraguay. El Negro y el loco se miraron un instante, suficiente para un guiño. Ella lo percibió, pero nunca pudo ubicar al Negro.
Había sido cierto, ni ellos lo podían creer, la última había sido la vencida.

NdeR: Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
Norman Robson para Gualeguay21

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