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Tomás


Tomás Bulat es un tipo fuera de serie. Advierto que para hablar de él no pienso hacerle caso al capricho idiomático de usar el tiempo pasado. Una injusticia como su muerte no va a ser más fuerte que mi deseo de pensarlo en presente.

Es un fuera de serie, decía. Ayer mientras iba viajando a San Genaro para dar una charla me llamaba para contarme de sus ganas de empezar el lunes en la radio con Nelson Castro (“Prepárense Longo y vos que ahora arranca la competencia en serio”, me dijo), de la organización de un seminario de economía en no sé dónde y del “Bulat tour” que no paraba de crecer, su recorrida por el país explicando la economía. Habremos hablado cinco o seis veces porque el celular se cortaba y la charla parecía de dos adolescentes contándose de algún romance de verano. “Mala metáfora teniendo en cuenta nuestra edad”, me dijo cuándo se lo conté. Los dos somos modelo 64 “aunque vos lucís mucho más viejo con esa barba”, me dijo.
El tipo no para. Arma programas, debates, charlas, se entrevista con empresarios y dirigentes, piensa en la política (“me gustó que no hayas competido electoralmente porque sos mejor criticando la política desde afuera que corriendo el riesgo de que ella te gane desde adentro”, le pude decir ayer a la tarde en una de las charlas interrumpidas por la ausencia de señal) y, sobre todo, se ocupa de su familia de la que te habla todo el tiempo. Si por algo siente orgullo es por su esposa y por sus hijos a quienes no se cansa de elogiar. Los afectos.
Me parece que la primera vez que lo vi fue hace unos 10 años en un programa de televisión en donde yo trabajaba cuando llevó tickets de supermercado de una compra de ese día, idéntica a la realizada un año atrás. “Cuál es el índice de precios al consumidor?”, me preguntó mirando a cámara. “EL que dice el INDEC o el de estos tickets?”, cerró. A partir de esos ejemplos sencillos, directos, apelando a una enorme capacidad didáctica, desarrolló una carrera periodística meteórica. “A Tomás se le entiende”, es la expresión que más lo acompaña. Envidiable don el de ser escuchado con comprensión.
Es que Bulat es de los que desafían los dominios monopolizados por los que creen que hablar en jerga profesional, en difícil, garantiza el manejo de esos espacios. Es un tipo simple en su solidéz. Concreto en su profundidad. Y siempre, un plus poco frecuente entre sus colegas, con enorme sentido del humor. Un fuera de serie. Distinto.
Extraño charlar todos los días con él como cuando laburábamos en el mismo medio. Esencialmente por compartir espacio con el que se podía coincidir o disentir, con tono inglés o a los gritos, pero desde la buena leche. Eso es Tomás: un tipo de buena leche. Podés creer, Tomy, que todavía está en youtube lo que dijimos cuando nos despedimos de aquel noticiero cuando nos rajaron a los dos? Después de ese programa me acuerdo que me dijiste: “lo que cuenta son los afectos. El resto, es cartón pintado”.
Maldito cartón pintado que va a seguir presente, se va a perpetuar, mientras un gran amigo querido, no me recuerde más que no hace falta una tragedia para celebrar todos los días el milagro de los afectos.
Luis Novaresio

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